Antiguos oficios

La privatización y el reemplazo de los trenes de cargas,  logró terminar con algunos oficios característicos de los pueblos del interior de la provincia.

Es vital  revivir los momentos que existen en la historia local, cuando hay silencio sobre ellos.

Hoy, entre las curiosidades nos vamos a referir a un antiguo oficio, al de bajar y subir bolsas en camiones y vagones de trenes.

En la década del cincuenta, vivía en Suipacha nuestro personaje que se llamaba Pascual Tevés.

Siendo niño, acostumbraba sentarme en el umbral del zaguán de mi casa, de donde observaba atentamente todo lo que pasaba en la cuadra. Hubo un señor, que me llamaba la atención por su paso rápido y cabeza erguida.

Todas las mañanas lo veía pasar, venía por la calle 1° de Mayo desde el fondo de la cañada, llegaba a la esquina de Borgo y enfilaba hacia el precario paso que existía en la esquina de Balcarce y 1° de Mayo, para agacharse y cruzar el alambrado de hilos, atravesar la zanja y subir a las vías y caminar en dirección a los depósitos de almacenamiento de granos y fardos de pasto del ferrocarril Sarmiento.

Su atuendo era sencillo, pantalón y camisa beige, un pañuelo batarás anudado al cuello, su cabello renegrido peinado hacia atrás con glostora y calzaba alpargatas blancas, como se usaron en  el tiempo radical.

Su rutina diaria comenzaba temprano, un breve descanso para almorzar y luego a cargar y descargar cereal, fardos, leña y otras mercancías en los vagones dispuestos al efecto.

Una norma laboral, impedía que el jornalero levantador de pesos no hiciera un recorrido superior a cinco metros del lugar en donde las debía acomodar. Pasando la séptima camada de bolsas su salario se incrementaba.

En días de poco trabajo o de lluvia, embolsaba granos y cosía la parte superior de la bolsa, dejándole dos orejas para agarrar. Las bolsas  vacías eran ordenadas en atados prolijamente doblados.

Pascual Tevés, por su buen desempeño tenía asegurado su trabajo diario para poder llevar unos pesos a su vieja madre y a un hermano disminuido físicamente. Vivía con ellos en un ranchito de adobe que habían levantado con sus propias manos. Dicen los que lo conocieron que permanecía largo tiempo callado y que había sufrido una condena por haber defendido el honor de una mujer.

Por aquellos tiempos, muchos desocupados se acercaban a la esquina de la empresa de acopios de frutos del país, en espera de poder ser contratados para una changa, en cambio los que habían perdido la oportunidad se acercaban a la cancha de paleta, para mirar los partidos y entretenerse tomando alguna copa.

La desaparición del transporte ferroviario de cargas influyó para que desapareciera de nuestras calles este popular personaje, ajeno a los des-manejos que se hicieron con este medio, que repercutió fuerte sobre ellos.

Con este breve bosquejo, he querido recordar en la persona de Pascual a otros suipachenses que pasaron por la misma situación, y que la única herramienta de trabajo fueron sus manos y sus fuerzas.