CAYETANO CABEZAS

CAYETANO CABEZAS

El hecho aconteció en la Guardia de Luján, el 28 de enero de 1852. El gobernador don Juan Manuel de Rosas se mantenía en el poder desde 1829; una semana antes de la célebre batalla de  Caseros en que Urquiza puso fin  a la tiranía, un niño fue testigo de un acontecimiento decisivo; el “restaurador de las leyes” había reunido sus fuerzas en la invernada de caballos federales “La Turbia de la Guardia de Luján”, situada  al sudeste de Suipacha.

Desde el pasadizo del cargador de ganado, el pequeño de doce años observaba la revista militar. Frente a él, envueltos en el polvo que levantaban los  caballos marchaba erguido el brigadier, el falucho  reclinado dejaba al descubierto su  frente, su tez blanca y los cabellos rubios, de impecable uniforme, el poncho atado a la cintura asegurando un cuchillo y no llevaba sable, miles de voces se alzaban vivando su presencia.

Encabezaba la caballería  el jefe de la Frontera del Centro General Ángel Pacheco, quien había  acompañado a Manuel Dorrego en las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, más atrás  seguían indios, criollos, negros y blancos caras llenas de cicatrices y arrugas, soldados de rojo, chiripá, gorro y envueltos en su largos ponchos de paño,

Desde del embarcadero,  el niño  miraba los fuegos artificiales, seguidos de una descarga de fusilería; después disfrutaría el asado de carne con cuero. Al final baile y zapateos, cantos y contrapuntos de guitarras.

Aquella pobre gente carecía de ropa y calzado, no comían bien, descansaban poco. Cayetano Cabezas a manera de los pobres avergonzado señalaba su rancho al final de una fila de eucaliptos,  por todo moblaje, un pobre camastro constituido por estacas cubiertas por un cuero vacuno, una mesa toscamente armada, como sillas  troncos de árboles y una cabeza de vaca, la pobreza reinaba en el lugar.

Había  nacido  en  La Turbia; su madre había muerto  apenas nacer. Cada día madrugaba, al salir el sol recogía los corderitos que habían quedado fuera de los corrales. Su ordeñe  no era cuidadoso, por eso el queso era detestable y la manteca mal lavada. Su padre había sido alistado para integrar la retaguardia federal.

No sabe  que vendría  la batalla de Caseros,  lo atemorizaba que su padre no volviera. Había oído hablar en rueda de fogón, que disponían de los huérfanos sin importarles su opinión, para el Juez de Paz como dice el Martín Fierro “no hay plegaria que lo ablande ni dolor que lo conmueva”.

¿Qué sería de él?

No sabía leer ni escribir, la pobreza reinaba en el  rancho,  no tenía trabajo,  las nuevas autoridades desterrarían sus costumbres y estilo de vida, era una incógnita.

¿Qué otra suerte le esperará?

Servirá de voluntario en algún ejército de línea en la frontera, para hacer la patria proyectada.