Cueros robados

Leer el libro “Fronteras y Territorios Federales de las Pampas del Sur,” del coronel Alvaro Barros, escrito con claridad y con una emocionante sinceridad que vigoriza el relato, lleva al ànimo del lector a conocer la realidad argentina de una època, que todos pretendìan superar, pero no acertaban con los medios necesarios para lograrlo. (1)

Han pasado del risueño episodio que relataremos tantos almanaques, que ni siquiera nos acordamos de la fecha, solo nos ha quedado el recuerdo de lo sucedido, transmitido a la actualidad por tradición oral. Para una mejor interpretación de los hechos nos ubicaremos entre los años 1855 a 1858 en Miramonte (.), a setenta kilómetros de Azul, denominado asì porque cuando se construyó la estación ferroviaria, los grandes montes de plantas que rodeaban a la misma sirvieron de base para su nombre.

En el partido de Azul se levantaban las tolderìas del cacique Catriel en un radio de  dièz leguas a la redonda. Era habitual por aquellos años que los indios llevaran el ganado robado a la Repùblica de Chile por pasos que solo ellos conocìan, donde era faenado y traìan luego sus cueros para venderlos en tierras argentinas. En otras palabras, nos robaban hoy y al otro dìa venìan a ofrecernos las pieles de los animales sustraìdos.

De este lado de la frontera tambièn existìan comerciantes inescrupulosos con un apetito desmedido de riquezas, lo que los impulsaba a instigar a otros a cometer delitos contra los bienes ajenos, especialmente el robo de ganado en los campos de las estancias. Era conocido que pulperos y barraqueros en màs de una oportunidad empujaban a los indios y a los gauchos sin ocupación a invadir – escondidos en las sombras de la noche, por temor a la ley – las indefensas haciendas para robar vacunos que mataban en el mismo sitio para beneficiarse con la grasa, el cebo, las aspas y los cueros, que luego eran comercializados en los pueblos fronterizos, mientras que los funcionarios  recibìan  dàdivas para  dejar de hacer los controles.

Sobre todo, las autoridades municipales con los hacendados ensayaron numerosas medidas para contener este delito con resultados diversos; por un lado estaban quienes proponían la expulsión de los indios de la zona, como si eso fuera la panacea de los males, mientras que otros pensaron en prohibir la compra de cueros  y no faltò quien pedìa  incrementar el número de efectivos policiales para combatir el abigeato nocturno.

Por otra parte, los aborígenes consideraban  culpables de los sucesos a los cristianos, comerciantes, pulperos y policías que los alentaban a robar y luego les compraban a bajo precio  los bienes robados. Los indígenas proponìan que si se les dejaba de comprar, ellos dejarìan de cuerear, por el momento era el ùnico medio de subsistencia que tenìan porque nadie en el  pago les  tenìa confianza para darles  trabajo.

Realizada esta breve síntesis con carácter de introducción, transcribimos   textualmente parte de un suceso cèlebre en aquel pueblo contado por Matìas  Castro  a su tìo, el Coronel Don Martín de Gainza, a la sazòn Ministro de Guerra: (2)

“Llegó un día un paisano a la casa de un comerciante fuerte de Azul, dueño de una barraca con saladero de cueros y acopios de frutos del paìs y, después de pagar los objetos que habìa tomado, el comerciante le preguntò en què se ocupaba. El paisano le contestò que trabajaba de peòn.

¿Entonces, andarás pobre? – dice el comerciante.

-Sí, señor.

-¿Cuántos cueros puedes sacar y traerme cada noche?

-Diez o quince.

-Pues bien, te pago a veinte pesos cada cuero.

¿Quieres hacer el negocio?

Muy bien, señor, respondió el forastero.

-Entonces puedes empezar hoy mismo, te pagarè al contado; pero ya sabes, después de media noche has de venir con los cueros, los tiras por la sobre la pared del corralón y vienes después a la puerta y llamas despacio: entras, se cuentan, recibes tu dinero y a la otra noche, otro tanto. ¿Estamos?

Si señor; esta noche le traerè cueros.

Como era de esperar, quien contrata al forastero no le indica en que establecimientos debìa desollar los animales y lo que es peor, no le señalò que la hacienda debìa ser cimarrona. Por esa razòn le aconseja que las tareas se hagan de noche  para eludir los ojos de la ley y  para que la tropilla no se asuste y salga al galope. Las reses se arreaban a cierta distancia, campo afuera, a fin de voltearlas con el lazo y cuerearlas, después del obligado degüello.

De esto habían pasado más o menos unos quince dìas, tiempo durante el cual los cueros se extienden en la tierra y se los cubre con una gruesa capa de sal para que se saturen bien. Pero  una tarde el Capataz, encargado de estaquear los cueros, algo perturbado entra en el galpòn donde se guardan los cueros frescos para ser estirados, gritando ¡Patròn! ¡Patròn! con voz entrecortada por la agitación generada por la carrera.

¿Qué pasa? Dice el comerciante.

Se produce un leve silencio y el Capataz apresuradamente lo advierte de lo que sucede.

El dueño que se llamaba Abu, de origen turco, exclama con cierto enojo  ¡Esto es imposible!

¿Usted está seguro de lo que dice?

Sí, respondió.

Ahora, los ojos del turco brillaban de furor contenido.

Decididamente el Capataz  se dirige hacia el estaqueadero para mostrarle al dueño lo que habìa descubierto. Eran cueros puestos a secar al sol, donde se podìan apreciar las marcas de los propietarios, ambos se llevan una desagradable sorpresa. El turco Abu se pone pàlido. Enseguida recapacita y piensa, he pagado veinte pesos por los cueros de mis propios vacunos. Sintièndose vìctima injusta de la conducta del gaucho pìcaro, experimenta un ímpetu de còlera que le impulsa a tramar una venganza como reacción a la estafa sufrida. Y, tambièn, informa de la situación al Juez de Paz y  al Comisario de Policía y Tablada (..) para sorprenderlo infraganti en la noche en que volvieran a encontrarse y para reprenderle por su osadìa. En efecto, esta policía desarrollaba tareas de prevenciòn y represiòn en casos de sustracción o faenamiento clandestino de ganado vacuno.

Entre tanto el comerciante espera con ansiedad. Cuando el gaucho se presenta  como lo hacia todas las noches a cobrar su cargamento, arde Troya, lo llena de impropios y de acusaciones al sorprendido gaucho.

Patrón, le responde, solo he realizado lo que me propuso.

¿Qué te propuse yo, gaucho salteador?

Que le trajera cueros ¿es que no cumplì?

Sí ladrón, pero son los de mi propia marca.

Y entonces patrón  ¿Qué hacienda me mandó a cuerear?

¡Y qué sé yo, ladrón! Eso es por cuenta tuya.

En venganza el patrón se niega a pagarle el ùltimo encargue, porque entendìa que lo habìa perjudicado económicamente.

El peón exige el pago, lo amenaza con contar todo, tiene como testigos a sus ayudantes que van a confirmar sus palabras. Por esta razòn, el patròn viendo perdida la partida, decide evitar males mayores y paga . Al dìa siguiente era la comidilla de los gauchos del lugar por el chasco recibido, algunos pensaron que se lo merecía por avaro y codicioso.

El testimonio pone sobre la mesa una costumbre que dio origen a serios altercados. El tràfico de cueros era lo que daba vida a los negocios de  la campaña y a las barracas, cuyos propietarios, generalmente sacaban provecho de la ingenuidad y credulidad de los paisanos para vivir a sus expensas.

 

 

Bibliografía:

1 y 2) Adaptación de Textos tomados parcialmente del Capìtulo IV – Pàginas 122 a 131 – Transcripciòn de comentarios de Francisco Romay – “Fronteras y Territorios Federales de las pampas del Sur” – Autor Coronel Alvaro Barros – 2da. Ediciòn – Librerìa Hachette – Buenos Aires – Agosto de 1975.

(.) “MIRAMONTE”- Partido de Azul –“Argentina Paso a paso”- Pàginas 40/44. Editorial Planeta – Año 1999.

(..) “Salazòn de las carnes” – “Fàbricas de Curtiembres” – Volumen I – Pàginas 70/73. Historia de la provincia de Bs. As. – Formación de los pueblos. Impresión Oficial. La Plata 1942.