El ceibo en mis recuerdos

Estoy parado en la puerta que daba al patio de la que fue mi escuela, comienzò a recorrerla con la vista y simultáneamente recupero espacios que evoco en mis recuerdos de una niñez lejana y feliz, un edificio espacioso y placentero, aulas impregnadas con un olor a libros nuevos.

Me perturbo, me veo allì, justamente parado debajo de la no muy tupida copa del Ceibo, que fue durante mi primaria un punto de referencia obligado. Del ceibo a la derecha…del ceibo a la izquierda… del ceibo al frente…, a sus espaldas, en direcciòn a la casa de la directora, se levantaba un majestuoso molino de viento que proveìa el agua a la escuela.

¡Me siento bien! Suena en mis oìdos el Talan, Talan, al patio, para disfrutar de las distracciones del  recreo después de las agotadoras clases de aritmètica y geometría, el  patio se inunda de risas y corridas de los niños y niñas de distintos grados, con cabellos peinados a la perfección y dando con sus guardapolvos siempre blancos y planchados una nota simpàtica. A escasos metros del sitio me reunìa con mis compañeros para jugar al vigilante y ladròn y tejer historias en las que sobresalìan las ilusiones y fantasías de niño. Cada una de nuestras palabras era un capullo de ilusiòn.

Tal vez los años han transformado mi cuerpo, me han cambiado las ideas, pero aùn conservo aquella esencia que me hacia pensar que en la copa del ceibo moraban espìritus infantiles que tan bien ha sido recreada en numerosas leyendas aborígenes y cantada por poetas de hondo arraigo popular.

¡Ay, viejo árbol, si supiera cuanto lo querìa! Me detengo. Vuelo hacia mis dorados dièz años y se recrean imàgenes y escenarios que creìa perdidos en mi mente, van apareciendo compañeros del colegio, ahì estàn Eduardo, Enrique, Eloy y Mario.

Con seguridad el ceibo fue plantado a principios de la dècada del cuarenta, cuando el calendario escolar argentino señalaba como dìa del àrbol el 11 de septiembre. Fue declarado Arbol y Flor Nacional de la Argentina (Decreto 138.974 del 1-12-1942), considerando que merecìa tal mención por la preferencia del gran nùmero de habitantes de las distintas zonas del paìs, manifestadas en diversas encuestas populares promovidas por òrganos del periodismo nacional y de entidades culturales y cientìficas que  asì lo avalaban.

Estoy convencido de que su crecimiento fue celosamente vigilado por los maestros y alumnos del establecimiento. Desde el mes de octubre el color rojo escarlata de sus flores anticipaba la proximidad del fin del ciclo lectivo – expresión de fecundidad –; es uno de los colores que ostenta nuestro escudo nacional, representando una muestra de argentinidad por el  hecho de crecer en distintas épocas del año en diversas regiones del paìs, abarcando  su extenso territorio y soportando variadas condiciones climáticas.

El primitivo patio estaba atravesado en su centro por una antigua galerìa que conducìa a los baños con cuatro surtidores de agua en sus laterales, que fue suprimida en la refacción hecha en el año 1956. El  bellísimo ejemplar de ceibo se encontraba plantado en la parcela que llevaba a la puerta de acceso diario, por donde ingresaban  los alumnos. Era una delicia  contemplarlo con sus racimos de flores que se asemejaban a la cresta de un gallo de pètalos sedosos.

Al sonar de la primera campana, me detenìa, quedaba inmóvil, a la segunda campana, caminaba a la formación; como si fuera hoy escucho la voz de la directora ordenando silencio a los alumnos del fondo de la fila, que aprovechando esa circunstancia, molestaban a los compañeros ubicados màs adelante con travesuras y bromas. De regreso al aula no podìamos elegir con quien sentarnos, en cambio, en el patio tenìamos la libertad de jugar con quien quisièramos, en conclusión la vida en las salas era distinta a la de los recreos.

En la primaria celebrábamos el día del árbol; oportunidad en que acompañábamos a la maestra con una pala en mano para cavar un hoyo y plantar una especie vegetal, previo a la ceremonia, se decìan  algunas palabras alusivas. ¡Claro, eran otros tiempos!

Por esta razón y para reafirmar el dìa de la flor nacional, se acostumbraba plantar un ceibo en los patios de las oficinas pùblicas, escuelas, cuarteles, etc. asignándole un lugar preferencial próximo al pie del mástil que enarbolaba la bandera nacional.

Por otra parte, era costumbre repartir entre los alumnos semillas de flores, plantas, etc., con una poesìa o frases para recordarnos la importancia de cuidar los árboles y la vegetación.

Después de un cuarto de siglo he vuelto al lugar, ya no están mis entrañables àrboles que fueron sombra para mis juegos, confesores de mis penas y refugio de mis llantos. Solo veo suelo cubierto de cemento, ya no existe la galería transversal, el mástil ha sido corrido de lugar y del ceibo ¡Ni qué hablar!

Desfilan por mi memoria reminiscencias de la vida escolar, cuando aprendíamos qué glorias reverenciar y qué fechas celebrar. Disfrutàbamos del espíritu de la literatura y  nos enseñaban a  conocer la idiosincrasia de nuestro pueblo.

Por otro lado, mi etapa en la primaria constituyó el cimiento para  desarrollar mis habilidades, actitudes y valores que requiere la vida. Ademàs, a travès del lenguaje de la naturaleza conocì la fuerza y el valor de la vegetación del continente americano. En esas aulas aprendí la hermosa “Leyenda de la flor del Ceibo”, que los indios guaraníes consideraban una rara encarnación, que alumbraba los bosques de la Mesopotamia luego de que la indiecita- Anaïs – fuera tomada prisionera y condenada por el blanco a morir quemada atada a un árbol. A sus pies apilaron leña y le prendieron fuego. De pronto la selva la oyò cantar, su voz estremeció la noche y la luz del nuevo dia respondió a su llamado, su cuerpo se había transformado en un manojo de flores rojas como las llamas del fuego que la envolvieron adornando el tronco del árbol al que fue sujeta. Hoy me resta pensar que la”la flor del ceibo son vestigios de un antiguo ardor que se va extinguiendo en el sentimiento argentino.”

En este sencillo relato, he decidido recordar y fijar por escrito una pequeña fracciòn de mi vida, en la que fui feliz, que no quiero perder sino recuperar.