Eleonilda

El proyecto de construcción de “Eleonilda” se remonta a los umbrales del siglo XX, afortunadamente su aspecto se conserva tal cual fue construida, aunque fue refuncionalizada y adaptada a su uso actual. La casona está ubicada estratégicamente en una zona elevada del pueblo, que en los planos de la época se designaba como “Cerrito del Durazno”. Probablemente edificada en el primer decenio del novecientos, vino a constituir la vivienda propia de un médico que se radicó en Suipacha cuando terminaba la década de 1890, perteneciente a una familia porteña con vínculos en la zona buscando aire puro para su hija enferma. Se supone que el nombre “Eleonilda” que lució en su facha era en honor a ella.

Es uno de los pocos testimonios que se conservan, levantada en una fracción de terreno que ocupa un cuarto de la manzana, haciendo esquina a las calles Sarmiento y Córdoba. Antes de hablar de la misma, es necesario aludir aquí a las familias que vivieron en ella. Posteriormente el dominio del inmueble se transfirió a la familia integrada por Tristán Iribarne y Graciana Etcheverry con sus siete hijos: Esteban, María, Pedro, Domingo, Julián, Elisa y Bautista. El primogénito de la familia, el escribano público Don Esteban Iribarne fue electo diputado provincial en el año 1924 y en 1925 fue designado Secretario Convencional por el Partido Radical, oportunidad en que se consagra al binomio Valentín Vergara – Victoriano de Ortúzar. Participó activamente en la fórmula que sostendría su partido en los comicios de renovación del gobernador de la provincia, siendo su actuación destacada y señalada por el diario “El Día” de La Plata en su edición del 1º de noviembre de 1925. Su hermano Pedro Iribarne, político y productor agropecuario es elegido Intendente Municipal de Suipacha en dos oportunidades, por los períodos 1922/1924 y 1927/1928, en éste último mandato se le debe la construcción de la Rotonda circular en la plaza Balcarce. Finalmente se hizo cargo de la propiedad la heredera María Elisa Bastourre en vísperas de su matrimonio con Enrique Cross, quien fuera senador peronista entre los años 1973 a 1976. Por iniciativa de éste es elevada a la categoría de ciudad el pueblo de Suipacha el 4 de octubre de 1973. Son los progenitores de Enrique Alberto, María Cristina, Jorge Haroldo y Richard William Cross, éste último con su hermana son los moradores actuales.

La casona luce toda su vistosidad de otra época, es quizás el único edificio con arcos de medio punto que aún existe en nuestro medio, materializándose con mampostería asentada en barro, apoyada sobre muros sólidos, como lo comprueban sus paredes de sesenta centímetros de ancho con revoques tipo almohadillas, destinadas a sostener la estructura principal y una cubierta de azotea. Tiene dos cuerpos, uno sirve de alojamiento y el otro de cocina y depósito. Es parte del patrimonio arquitectónico de la ciudad y por su notable valor merece ser preservada mediante una adecuada protección física y legal. El relevamiento planimétrico y fotográfico del edificio fue realizado por la Secretaria de Obras y Servicios Públicos del Municipio de Suipacha con el propósito de incorporarla al inventario urbano.

Dos grandes vecinos distaban a poca distancia, fueron los pioneros del lugar y que levantaron sus viviendas en 1860. Una de ellas fue la casa de don Toribio Freire, a no más de cinco cuadras. La otra, la casa de los herederos de doña Rosario Suárez de Billourou, a una cuadra de distancia. En el contra frente a la calle Córdoba, su lateral derecho esta bordeado por viviendas del Barrio Obrero inaugurado en los años cincuenta por el intendente Oscar Delfino; esta Avenida fue revitalizada en los años setenta con su pavimentación, luciendo el verde de fondo del arbolado adyacente. El terreno en el que se construyó había pertenecido a la inmobiliaria Juan Chuza & Cía.; desde el centro del mismo mirando a la derecha, el solar terminaba donde comenzaba el monte de duraznos de Antonio Lombardo, que por aquel entonces constituía un atractivo especial. Hace setenta años fue una explotación frutícola rentable pero con el paso del tiempo se fue reduciendo hasta desaparecer. Ahora esta escena es sólo un recuerdo en la mente de unos pocos pobladores.

El edificio difiere con otra tipología urbana, con portones realzados por el vuelo artístico de rejas forjada y sostenidos por ménsulas adheridas a gruesos pilares. Su aspecto exterior muestra el tratamiento del neorrenacentismo italiano vigente a fines del decenio de 1890, con una sucesión de frontis curvos, ornamentos clásicos y rectas sobre las ventanas y puertas. Esta arquitectura italianizante tuvo predominio en el país y reflejaba el alto poder adquisitivo de una determinada clase social. Otro aspecto es el remate superior de la cornisa compuesto por parapetos con balaustres y dispuestos en tramos rectos.

El cerco perimetral de alambre romboidal cubierto con ligustros de un metro ochenta de altura, muy ramoso con hojas perennes, forman una valla segura. Cerca de la casa diversas especies de árboles con una variedad de colores y hojas, es una invitación para caminar y disfrutar del sol. Rondan sobre el césped recién cortado gorriones y horneros, allí se alimentan y reponen sus fuerzas para levantar vuelo con destino desconocido. El leve chasquido de una rama indica que un hornero crea su nido de barro mientras que en el monte de duraznos vecino se oye el lúgubre gorjear de una torcaza. Por las tardes el sitio gana vida con los picaflores buscando el polvillo fecundante contenido en las flores.

Al ser destinado el inmueble – hoy – para Hostería se ha rediseñado su distribución física y funcional, mejorado el estado de su carpintería y se han realizado cuidados en los muros interiores, como así también un viejo cobertizo se ha convertido en garaje. Ante las nuevas exigencias de confort se han agregado nuevos servicios públicos que no existían: gas natural y cloacas. En el presente decir “Eleonilda” significa sitio de reencuentro de viejos amigos en las fiestas de fin de año y al mismo tiempo hospedaje cómodo y económico para los eventuales huéspedes.

Cuando llego a la casona me pongo a caminar hacia la puerta, me doy permiso para gozar de mí alrededor y, una voz desde el interior me invita a pasar. Nos saludamos. Soy recibido con calidez, hablamos con absoluta confianza con María Cristina y Willy. Los anfitriones me guían en el recorrido y en la charla me confiesan que el gran número de ventanas de forma rectangulares y angostas (trece en total), responden a que el médico que hizo levantar la mansión habría tenido una hija con una enfermedad respiratoria incurable, motivo por el cual la oriento de esta manera para recibir los rayos del sol desde distintos ángulos y favorecer así a su hija asmática. En mi paseo interior, voy descubriendo pisos de pino Oregón, mosaicos con arabescos que imitan caprichosas hojas y flores. La centuria pasada, atribuyó un mérito inmenso a la decoración, por ello se ve ambientada con muebles de estilo y réplicas de antigüedades.

En una de sus salas laterales funciona el Museo del Recuerdo Peronista, que alberga libros, fotografías, cuadros, esculturas, instrumentos y objetos varios de la historia del Movimiento Justicialista en la Argentina. Al apreciar la fachada externa vemos molduras rectilíneas, armonía entre sus partes y en el frontispicio de la entrada central se conserva un soporte de una lámpara a querosene que iluminaba la vereda de acceso. Pero eso no es todo. En el hall cuelga una araña de cristales con estructura de bronce, plantas y colgantes que producen un hermoso conjunto, luego sigue un largo pasillo con dos hileras de habitaciones a los costados, brocales en la cocina y al final un baño con azulejos franceses. El lugar -antaño- tenía cortinados, cuadros y alfombras que cubrían las paredes de colores pálidos y los pisos de los dormitorios, creando un clima agradable; en el fondo del patio se ve un horno de barro.

El solo hecho de verla me acongoja el corazón, me invade la nostalgia, me asombro al pensar en las fiestas, en la música y en los invitados, en damas con vestidos elegantes, hombres de rigurosos trajes y sombreros, quizás celebrando algún acontecimiento íntimo.

Por último:

Esta es una crónica. Nos alegra haber fijado los aspectos positivos, porque es un modo de colaborar con lealtad a la historia local. Esta residencia constituye un testimonio cultural de gran valor histórico y arquitectónico, estrechamente vinculado a la evolución social, cultural y política de la ciudad de Suipacha, y como tal merece ser preservado.