En el umbral de la otra casa

Visité a Miguel. Lo encontré en su habitación débilmente iluminada. Estaba afligido y en su rostro se dibujaba una esforzada sonrisa.

Nos sentamos debajo del emparrado que existe en el jardín, alrededor de una mesa rectangular de mármol, sobre ella había una radio y el diario del día. Me ofreció una taza de mate cocido que acepté. Miguel es un anciano afable y hospitalario y corto de palabras. Inicié la charla. Minutos más tarde, va surgiendo de los labios de Miguel un increíble relato. Su prodigiosa memoria guarda la secuencia de los hechos ocurridos.

Le sucedió de madrugada. Despertó sobresaltado. Vio una luz con destellos plata, surgida de la nada que envolvía a su cuerpo. Fue solo por un instante.

Miguel toma aliento y agrega: es “como la luz del universo” que te atrapa y percibo voces que me dicen ¡No huyas! ¡No huyas! ¡No huyas!

El visitante juega con la voluntad del anciano, su pulso se acelera.

Los sueños le han provocado un presentimiento. Acaso es un presagio ¡Tal vez!

Dilato la conversación y le prometo regresar.

Vuelvo al anochecer, lo hallo sumido en sus reflexiones. Al verme se pone de pie, se dirige hacia mí y con voz sosegada me susurra al oído: “debo replantear el sentido de mis días”.

¿Cómo, cómo? exclamo.

Miguel está perturbado. Sentado en un sillón afirma que las voces tienen una cuota de misterio, que son sonidos que no responden a una voz humana, y afirma que no le caben dudas.

Asegura que está ante un desenlace. Debe aprovechar la oportunidad para hacer una confesión.

Su alma se rebela. Se resiste a ser juzgado por el implacable y severo Dios Divino. Clama juzgarse a sí mismo. Su libertad le permite elegir el camino del bien o del mal, beneficiarse con el cielo o sufrir el infierno.

El anciano se siente solo. Extraña a su esposa. Sus amigos no lo acompañarán.

Juntó sus manos, elevó su mirada al cielo y dijo: “he comprendido que la soledad precede a toda muerte”.

Aceptó la situación serenamente.

Su existencia se hacía penosa.

Se percibe el silencio.

Sus palabras fueron una premonición.

Nos despedimos con un abrazo.