JUSTINA de Cañada Larga

Se llamaba Justina, era hija de un sastre. Desde las pampas del sur llegó con sus pies desnudos y su pelo revuelto, la habían rescatado las huestes del General Martín Rodríguez. Estaba avejentada, algunas cicatrices adornaban su cara morena, sus manos endurecidas por el trabajo se parecìan más a las de un hombre. Acaso no contó a nadie del trato degradante que sufrió en las tolderías del cacique pampa Amengüel en el sudoeste bonaerense.

La acosaban los recuerdos de un horrible tormento.

Perdió su familia durante el malón a Cañada Larga en la década del veinte; el horror irrumpió, saquearon su casa, incendiaron el pueblo y mataron indiscriminadamente.

Se la llevaron “tierra adentro”. No escucharon sus súplicas. No pudo escapar.

Fue confinada a realizar trabajos forzados, construyó corrales, domó potros, cortó leña con sus delicadas manos. Fue azotada a rebencazos hasta sangrar.

Vivió apiñada en una choza con otras prisioneras cristianas.

Prefirió el martirio antes que la resignación. Sufriò las intrigas de las chinas concubinas del indio que exhibía su crueldad sin inhibiciones.

A pesar de todo, le temìan por su temple de acero y los salvajes creían ver en ella la morada de un “espìritu” que los espantaba de su cercanìa.

Después de tres largos años regresó a la civilización.

Una nueva vida la espera. Tiene miedo al rechazo de quienes la conocen. Piensa, ¿Será capaz de fundir el pasado con el presente y convertirlo en un halo de esperanza?

Poco tiempo después descubrió que estaba embarazada y comenzó a percibir un silencio condenatorio a su alrededor.

Justina sobrevivió al maltrato, pero ha vivido – y vivirá – seguramente marcada por un trauma emocional que no deja salidas

La noche fue su aliada para escapar. Nunca volvió.