La huella del duelo

 

El enfrentamiento ocurrió en 1910, un viernes 15 de junio poco después de la medianoche en el bar  “El Nacional” de Francisco Espina (ahora casa de familia), en 25 de Mayo esquina 1º de Mayo; sucedió  por una contradicción del momento entre un carrero  y un rufián, se atacaron con insultos y golpes, que en nada hacían prever el desenlace final.

Pocas veces se habían visto las caras. El carrero era morocho, alto y fornido. El rufián bien vestido, gustaba de las riñas de gallos y  los prostíbulos.  Sus ánimos estaban exacerbados, bebían caña, gestos serios y el encono por  una coqueta muchacha de todos aceleraría el duelo. No supieron qué hacer  ni qué decirse. El carrero le exigió que saliera a la calle.

Un hombre se había acercado con cierta timidez, asume la calidad de testigo,  por pasión de amor oía el rozar de los puñales, a los pocos segundos un quejido y un grito mortal; divisó entre la sombra la chaqueta bordada del proxeneta arrastrándose. Así habían ocurrido los hechos.

El ritmo de los vasos  de los caballos que se acercaban forzó al agresor a desaparecer. El puñal vuela a través del muro. Los policías levantaron el herido y buscaron el elemento punzante. Hay un largo silencio, el Comisario vació la pipa y elevó su cabeza sobre el tapial de ladrillos de la finca vecina  para escrutar el huerto. En el barrio cada uno tenía su propia versión.

Un día después, Amalia Luchetti miraba el reloj de la Iglesia,  no habían dado las campanadas de la diez de la mañana, se aprestaba a lavar a mano la ropa   en la batea de madera, cuando oyó el tintín de las espuelas, volvió la cabeza y comprobó sorprendida que los policías ingresaban a su casa contrariando la voluntad del papá. En la requisa nada vieron de sospechoso. El Comisario llevaba consigo la exigencia de encontrar el cuchillo de hoja delgada, lomo recto, de un solo filo  marca Solinger, no habían quedado ni rastros de sangre en el suelo.

 La historia fue recordada, el nombre de los contrincantes fue quedando en el olvido. El azar quiso que el misterio se develara un día cuando Luis Luchetti quitaba la hierba inútil de la huerta, el cuchillo arrojado fue hallado clavado de punta en una hendedura de un añoso frutal y  su mango de madera había quedado mimetizado con el color  del tallo. Estaba aturdido y en su interior se mezclaban la excitación y la angustia, por temor hizo la promesa de no revelarlo.

Para que el secreto viera la luz y fuera transmitido, su bisnieto -Luis Vila (h)- ha roto el silencio, ha mostrado el cuchillo que ha conservado la familia por más de cien años y ha contado el episodio de la aciaga noche del 15 de junio de 1910.