La luz mala y otras historias

Es un relato de un antiguo poblador de “Las Catorce”, cuna de antiguas familias: las de Sandalia Contreras, Venera Tello, Juana Quiroga, Celestino Sosa, Nicolás Sosa, Lorena Benutto, Félix Berrutti, José Tust, Ramón Suárez, Benavidez, Peralta y otros apellidos que el paso del tiempo ha borrado de su memoria. Partiendo de la esquina de la Comisaría en diagonal al norte se llegaba al corazón del barrio, era necesario caminar a campo abierto por una estrecha senda, bordeada de pastos quemados por las heladas, morada de teros y lechuzas que al paso del hombre alzaban vuelo; a los lejos se divisaban ranchos de adobe de gente laboriosa y después de haber recorrido setecientos metros se llegaba al Ombú y una cuadra más adelante, siempre en dirección norte se chocaba con la morada de Venera Tello y Celestino Sosa.

En el primer cuarto del siglo XX en el domicilio de Luisa Juana Quiroga de Sosa, ayudada por las vecinas Lucía Gutiérrez, Susana Serrano y Plácida Galván, se celebraban en mayo las novenas a la Virgen del Luján y se rezaba en noviembre el Santo Rosario por el eterno descanso de las ánimas con un despliegue inusitado de flores y de candelabros de velas de cera ardiendo al pie del oratorio.

Cómo surgió el suceso a ciencia cierta nadie lo sabe, las comadres aconsejaban huir y prenderle una vela al señor. Otros murmuraban que el diablo rondaba por allí y afirmaban que para el día de San Bartolomé -28 de agosto- adquirían mayor brillantez con la luz propia. A causa de esto, brotaron de los labios de Olindo Melo estas palabras: “Al caer la noche caminaba por las apenas marcadas calles de tierra del barrio “Las Catorce”. Una rara mezcla de valor y de curiosidad lo alentaba a elevar suavemente la cabeza. No pronunciaba palabra. Las piernas le temblaban. El trayecto a su casa se le hacía más largo, el rocío del invierno le mojaba los zapatos, a lo lejos el ladrar de los perros sonaba con más claridad, instintivamente apuró el tranco, vio venir del noroeste la luz. Cuando volvió su cabeza hacia el frente se dio cuenta de que estaba falto de expresión y color.

La incandescencia se había posado sobre la copa del único ombú y luego la luminiscencia desapareció raudamente. Lo embargaba una espantosa ansiedad mientras seguía con la mirada el recorrido de la esfera que resplandecía cuando se acercaba a la techumbre del rancho de Leandro Silva.”

Los más audaces para desentrañar el misterio cavaban en los sitios en donde sospechaban que se desprendían las emanaciones; los más cándidos creían en lo sobrenatural, casi absurdo, pero fue así aquella noche de junio de 1903.

A las orillas de la ruta

Hace tiempo los lugareños contaban que cerca de la cañada “Las Pulgas”, en noches de neblina debían enfrentarse a una situación desconocida, el lugar era invadido por una sensación de aislamiento, el aire se impregnaba del fuerte aromo de la gramínea y el viento no soplaba. Quienes lo habían experimentado no olvidaban lo sucedido.

Por esta razón, buscando una respuesta nos retrotraemos al año 1828, cuando la cañada era usada por los indios para darle de beber a los caballos. En dicho paraje aprovechó la guardia provincial para atacarlos. Del enfrentamiento quedaron muertos que fueron enterrados a la margen del arroyo. Justamente por eso, los arrieros lo llamaban el “Cementerio Indio” y cuando cruzaban con su rebaño, para ponerse a salvo del hechizo lo hacían con un cuchillo con hoja de acero bendecida.

Allá por los años cuarenta después de pavimentarse la Ruta Nacional 5, comenzaron a ocurrir accidentes que se atribuían a la distracción de los conductores, que seguramente al mirar hacia la banquina fijaban su atención en los extraños centelleos de luces. Era un enigma a descubrir

En efecto, algunos de los hechos sucedidos son narrados de manera admirable por la escritora irlandesa Allen, que pasó su infancia en un una finca vecina a la casona de Miguel Murray, embellecida por las espigas aplanadas de los trigales. Más aún, se abocó al estudio de los temas populares y religiosos con su carga de costumbres y supersticiones, en especial a los referidos a la hora del crepúsculo, teniendo como protagonista “al día entrando en la noche”. La narradora avanza con fuerza en el intento de comprender lo que es difícil de entender y decía: “al oscurecerse el día se veían errantes resplandores sobre la llanura venciendo la oscuridad hundiéndose en la Cañada Las Pulgas” y, todo humano que tenía la osadía de pasar por el paraje se persignaba con la señal de la cruz murmurando ¡La luz mala!

Una pequeña historia

Hay quienes han dejado relatos policiales que apasionan hasta los más descreídos, este es el caso del reverenciado narrador mercedino Raúl Ortelli, de notable belleza expresiva en “Adivinanzas, Fantasmas y Cuchilleros” en donde nos cuenta las fechorías de un sujeto que cambiaba su aspecto para no ser aprehendido; que con el tiempo fue detenido en Chacabuco en averiguación de antecedentes. En consecuencia, cuando se lo interrogaba reconoció sus andanzas por Mercedes y también por los pagos de Suipacha. La creencia mas firme que se había extendido entre los vecinos fue que sus correrías desafiaban al oficial inspector Luis Paniza, que por aquellos días era el jefe de calle de la comisaría de Suipacha. Este funcionario que actuaba a la vieja usanza, honesto, valiente y obstinado pesquisante, había sido designado comisario en Mercedes. Otros sostenían que se dejaba ver para desafiar la sagacidad policial.

Los vecinos sugestionados solían ver pasearse a alguien que suponían era la viuda negra a la misma hora pero en distintos barrios de Mercedes. Lo describían con una mantilla que cubría la cara, de zapatos blancos y se rumoreaba que sus ojos descifraban las formas humanas en la oscuridad. Asimismo actuaba sumergido en las sombras y asustaba a los desprevenidos transeúntes, al quedar éstos inmovilizados les robaba las pertenencias que portaban, huyendo rápidamente amparado por el escaso alumbrado público. Todos sabían que cumplía con un rito, prefería las veredas angostas con tupidas ligustrinas para disimular su silueta. Su presencia quebraba el letargo íntimo de los vecinos. La historia tuvo un desenlace inesperado, una persona acusada de homicidio es detenida en Chacabuco y posteriormente condenada.

El caso es que cuando muere el comisario Luis Paniza en el año 1907, el personaje estaba encarcelado, pero comenzaban a recibirse denuncias de que un hombre de igual modus operandi a la viuda había reanudado las salidas nocturnas creando miedo entre los vecinos y desaparecía sin dejar pistas. Por otro lado, los hombres de la ley le tendieron señuelos, todos fracasaron. Al mismo tiempo se hicieron razias en Mercedes, Suipacha y en Luján, con resultado negativo, ya que se presumía que habitaba la zona, porque siempre lograba esfumarse sin ser descubierto. Toda una incógnita.

A fin de cuentas, la narración evidencia el desconocimiento que tenía el hombre de los fenómenos de la naturaleza que lo atemorizan y cómo volaba en fantasías para encontrarle una respuesta. Por el otro lado las apariciones de la viuda que tuvieron en jaque a la policía, deja un final abierto.