LOBO el perro siberiano

Existen relatos acerca de perros  heroicos, de los que han ganado competencias y de los que aparecen en televisión conquistando los corazones; pero esta es una historia distinta, sólo quiere mostrar el comportamiento de un perro como una reveladora obra de la vida.

Apareció en el barrio cuando arreciaba el frío en pleno invierno del año 2009, se adaptó al clima, el día y la noche le eran indiferentes, fue capaz de sobrevivir en condiciones difíciles, parecía increíble verlo soportar las heladas. El sol candente del verano lo afectaba, al jadear eliminaba el exceso del calor corporal.

Al principio lo mirábamos con desconfianza, iba y venía con su andar lento, como buscando información del medio ambiente para ajustar respuestas y descubrir  los olores. Estar en contacto  unos pocos minutos era suficiente para sentir su presencia. Sus ancestros atravesaron desoladas extensiones cubiertas de nieve, su apariencia era  la de un lobo aunque de menor tamaño, aullaba, marcaba territorio, miraba a los vecinos, todos teníamos algo en común: la curiosidad.

Una mañana  mi corazón latió aceleradamente, me quedé quieto, con los ojos fijos en el perro, su lengua lamió mi mano derecha, en ese instante pude oír su respiración, la mirada de sus ojos me atemorizaron, me olfateaba, de pronto sin prisa se cruzó a la vereda de enfrente.

Había capturado la atención del vecindario. Una palabra dada de manera cariñosa de vez en cuando lo ponía contento, ya no era un don nadie, le dimos identidad, lo llamamos  “Lobo” por su semejanza.

Con el tiempo su figura se constituyó en una parte del paisaje, su ausencia nos preocupa ¿Se habrá ido detrás de una perra?, ¿Lo atropelló algún vehículo?, pero él volverá al sitio por  el monótono camino de siempre.  

Por las mañanas,  goza caminando silencioso a la par de las amas de casa que salen  temprano a realizar las compras, las espera echado, mientras mira imperturbable a los perros que se le acercan.

Poco a poco, sin darnos cuenta nos fuimos adueñando del perro, ya nos atrevemos a retarlo si intenta cruzar la calle, tememos que pueda morir bajo las ruedas de un coche, lo espantamos si intenta  beber agua servida de la calle, en fin, nos ha ganado el corazón.

Su fino olfato lo ayuda a elegir los lugares aptos para descansar, es reacio a vivir encerrado, es obstinado e independiente, no siempre está dispuesto a obedecer, por eso optamos ponerle en la vereda un pedazo de cartón para que disfrute de su sueño.  

Los niños son impacientes, pero al perro no le molesta, muestran imágenes sorprendentes y conmovedoras cuando Lobo tiene un problema de salud,  hay un rasgo común, comparten un vínculo.

El impulso errante arraigado de su raza ha disminuido, ha entrado en la vejez, es amigable y extravertido, de cuerpo mediano, compacto, cubierto de abundante pelo negro  salpicado de gris en el hocico, manos y patas. Su cabeza es redonda, sus orejas erguidas y ojos separados, poco oblicuos de color azul agrisado con pupilas lanceoladas. Sus patas traseras y músculos le permiten saltar cuatro veces el largo de su cuerpo.

El vecino Pedro le proporciona agua, alimentos y un refugio nocturno, por las mañanas  sale a disfrutar de las caricias y mimos de su nuevo amo. Para conservar la temperatura corporal  adquirida durante su sueño vaga sin rumbo fijo, pero al cabo de dos o tres horas vuelve al lugar de donde partió.

También hace enojar por sus travesuras, cuando sus patas llenas de barro van dejando sus rastros sobre la vereda recién lavada o se sienta en el medio de la vereda, entorpeciendo el paso de los transeúntes.

Lobo, el perro siberiano, es independiente, pero a su vez, los gestos de amor y preocupación de quienes hoy lo rodean han domesticado su espíritu indómito y ha pasado de ser “perro de nadie” a “perro de todos los que lo queremos”.