Mariano Vega y su viaje imaginario

Mariano Vega estaba en mangas de camisa, apoyado en la baranda de la ventana de su casa, situada en las afueras del pueblo, mirando como el luminoso sol de la tarde se perdía en el horizonte. Sus fantasías lo trasladaban a una lejana época, en la que los personajes que desfilaban por su pensamiento evocaban andanzas del largo y dramático proceso de la conquista del desierto de la pampa bonaerense. De pronto le salta el recuerdo de las correrías del “Negro Tapia”, hombre de unos treinta años, de rostro varonil y de una mirada severa que hablaba con orgullo por haber servido al brigadier Juan Manuel de Rosas como soldado explorador en la “Primera Campaña al Desierto” entre los años 1833 a 1834.

Ocurrió una noche de verano de 1840 en plena pampa, de belleza agreste y sombría. Cabalgaban atravesando la llanura verde del sud de la provincia el “Negro Tapia” y su reducida escolta de hombres curtidos para el combate, rudos y sufridos como el desierto mismo, integrando la avanzada de exploradores al “Fuerte en Cruz de Guerra” de la 5ta. División de Caballeria, que tenía por objeto descubrir los movimientos de los indios y verificar si se notaban rastros del enemigo en el terreno. Se encontraban al mando del Capitán Julián Perdriel, renombrado militar que luchó contra los indios ranqueles, a quienes derrotó en el combate de “Las Acollaradas”, provincia de San Luis. Partieron del “Cantón Las Saladas”, puesto de milicias nacionales levantado cerca de una laguna del mismo nombre, bastante grande, ligada a muchas otras por una cañada. Después de cenar, se pusieron en marcha, tomando la delantera al galope cerca de la una de la mañana, bajo la opaca luz de la luna en dirección a las “Chacras de Chivilcoy” distante a escasas leguas del lugar, por un camino bastante ancho y muy frecuentado con la intención de empalmar después con la antigua rastrillada de los chilenos, conduciendo un importante arreo de vacunos y yeguas para el consumo de la tropa del Coronel Quinteros. Viajaban de noche para atenuar las molestias que producían los tábanos en el ganado y para que el desarrollo de la marcha fuera rápido.

A la medianoche llegaron a un terreno cubierto de altos pajonales y de inmensos cardales en el que un hombre de a pie se hubiera encontrado perdido disminuyendo por eso el ritmo del paso de los jinetes, sitios propicios para las fechorías, envuelto en una espesa neblina que hacía invisible al ojo humano a cualquier atacante. Un vaho húmedo, apenas visible subía de la tierra hacía el cielo.

El comandante, antes de partir hace una advertencia: viajar con ojos alertas y oídos atentos al menor ruido de cascos de caballos sin herrar y al aviso temprano del tero centinela de plumaje gris y patas largas. La orden fue marchar uno detrás del otro, formando dos filas, dejando el camino en el medio para conducir el arreo y facilitar la vigilancia. El camino era peligroso. Eran tiempos de hombres de actitud decidida y valerosa para enfrentar el peligro.

Al cabo de dos horas de marcha encontraron huellas frescas bien marcadas en el piso de un arreo de yeguas, carne predilecta de los indígenas. Desde ese momento creció la preocupación para eludir el acoso de los malones, que por sorpresa, incendiaban carruajes, matan hombres y roban el ganado. Otra de las inquietudes era la presencia a veces de caciques no muy amigables en toda la extensión del recorrido que pedían con frecuencia y nunca se conformaban con lo que recibían.

A medida que se internaban en el desierto, el aire parecía más denso; el olor a pasto húmedo era más penetrante. El viento eran ráfagas de letanía. Los hombres viajaban en un mutismo absoluto, la penumbra era constante.

De vez en cuando las bandadas de patos alteraban la somnolencia del grupo con sus graznidos, volando sobre los infinitos campos en búsqueda de una laguna para beber.

De pronto ocurrió. El sonido provenía del interior del monte de álamos que tenían al frente, a escasos trescientos metros de distancia. Tuvieron miedo. ¡Todo era silencio en torno! A eso de las tres y media de la mañana oyeron una queja lastimera, erizándose el cabello de los jinetes que permanecieron inmóviles en el lugar.

Se agitaban en sus monturas y sus corazones palpitaban exageradamente fuertes. Se detuvieron, hasta que la voz gangosa del “Negro Tapia” los sacó del espanto.

¿Qué había ocurrido para que estos hombres quedaran inmovilizados como clavados al suelo? Todo era una incógnita.

Por esos tiempos la superstición y muy especialmente los fantasmas y apariciones constituían para los aborígenes y la gente inculta una creencia arraigada, que a veces los inducía a realizar increíbles rodeos de varios kilómetros o retroceder para sortear los lugares señalados como invadidos por apariciones.

La naturaleza con sus caprichosas formas de expresarse intervino anunciando a los exploradores el desenlace de un suceso inminente. Algunos retroceden instintivamente. Otros deseaban estar esa noche en el acogedor Fortín. Era como si una voz los pusiera sobre aviso en la soledad de la noche. Fue como presentir que la muerte venía cabalgando. En aquel momento supremo un gemido indefinido los alertó y obligó al golpe de la muerte a desviarse

Sorprendidos, deciden regresar al campamento. Esta circunstancia les hacía muy penoso el camino, apurando el paso de sus caballos, porque era peligroso andar de noche cansados y mal armados. Antes de retomar el rito habitual de ajustar las cinchas, se acomodan los sombreros y emprenden el regreso. Arribaron bastante fatigados por el calor y el polvo con las primeras luces del alba.

Al llegar al “Cantón Las Saladas” introducen sus caballos en los corrales y se acercan al fuego que chiporroteaba y el agua hervía para cebar el mate con bizcochos. El Capitán Julián Perdriel se reúne con sus oficiales de confianza y analiza lo acontecido que fue eje de todo tipo de comentarios. Estaba desorientado. El día se pasa en preparativos para el reconocimiento. Necesitaba reanudar la marcha lo antes posible, requerían de sus servicios en las poblaciones fronterizas que sufrían todo tipo de excesos de los salvajes en complicidad con algunos blancos que se beneficiaban con el producto de los robos. Las fronteras de las pampas del sur se encontraban indefensas, sin caballos, sin hombres y sin pólvora. Despuntado el nuevo día, estando dispuestos y reunidos los milicianos, se imparte la orden de salida de una partida bien montada y armada hacia la zona adyacente al monte, con caballos de refresco y provisiones para acampar si fuera necesario, con la misión de rastrillar y observar el campo.

Un poco aturdido por lo acontecido, el” Negro Tapia” cubierto con su poncho de colores que lo cubria del rocío de la mañana y con el sombrero reclinado hacia atrás, se adelanta hacia el lugar del raro suceso. Buscaba una respuesta.

En el sitio hallan árboles derribados y resquebrajados por algún rayo de las frecuentes tormentas eléctricas del verano, que al frotarse ligeramente la superficie de un árbol con la del otro por la fuerza del viento, provocan un lamento similar al que se produce al soplarse a través de un caño; en consecuencia se eleva el sonido de tono grave a agudo en la quietud de la noche, después sigue una queja suave y prolongada, sobreviniendo el silencio y vuelve a repetirse.

De las charlas pueblerinas se sabe que muy cerca del monte vagaba el espíritu de un niño fallecido en forma trágica y que en especial por las noches de niebla se manifestaba con sorprendentes sonidos indefinidos causando escalofríos a los caminantes que se atrevían a pasar por el lugar. Otros hacían alusión a un hechicero que había encantado el lugar en el que vivió por largos años, destacándose en los claros del monte su silueta silenciosa, poniendo a prueba el coraje de los hombres.

El “Negro Tapia” se empeñaba en descubrir el origen del caso que había sacudido su habitual calma a fin de dar cuenta inmediatamente a su capitán. A unos quinientos metros de distancia del sitio en que sucedió el extraño episodio, la patrulla al mando del Alférez Gaviña descubre vestigios de un campamento indio levantado apresuradamente. Dicho hallazgo daba cuenta de la presencia de un importante número de salvajes en el lugar alrededor de una hoguera festiva en celebración de la presa arrebatada a los cristianos, caballos, potros y yeguas. Es indudable que al advertir la cercanía del contingente militar decidieron no exponerse en un combate a corta distancia por el poder de fuego de los blancos, razón que los induce a alejarse rápidamente confiando en la velocidad de sus caballos.

Gracias a ese presagio de la naturaleza, el grupo de exploradores se detiene a tiempo y regresa al Fortín por la desconfianza que les despertó el hecho narrado. De haber continuado en su camino, la muerte los estaba esperando en manos de los infieles que habían advertido de su presencia. ¿Existió premonición? ¡Tal vez!

Muchas leyendas orales y otros tantos textos escritos informan sobre casos inexplicables relacionados con acontecimientos de similar naturaleza. Por ejemplo, el General San Martín cuando debía franquear el “Cerro de Chacabuco” por la “Cuesta Vieja”, a una altura de 1300 metros s.n.m., es avisado en el camino de cornisa por una misteriosa viejita de la presencia de los realistas, lo que le permite hacer un cambio de frente, retirando del seguro desastre una división de 3000 hombres. Nunca se pudo localizar la mujer en la soledad de las montañas, pese a la búsqueda ordenada por el general San Martín. Otro acontecimiento ocurrió en 18l6 en la defensa de la ciudad de Salta por los gauchos de Güemes, en esta oportunidad una niña apareció en plena selva salteña, de acuerdo a las declaraciones de algunos prisioneros españoles, nunca se pudo individualizar a la pequeña que logra engañar nada menos que a las fuerzas del enérgico brigadier español don Rafael Morato, conduciéndolas por el “Sendero de la Muerte”, que finalizaba en un profundo abismo. Los patriotas acampados cerca del lugar solo oyeron gritos horribles de espanto y angustia. Al día siguiente comprueban que la tragedia causó en las filas enemigas un número considerable de bajas que de no ser así, otro hubiera sido el final de los defensores salteños.

Hoy Mariano Vega regresa con emoción de su largo viaje imaginario por “las extensas pampas bonaerenses”, excursión que lo llevó a recordar al “Negro Tapia”; después de tanto silencio salvaje pasa a las luces del pueblo, al movimiento de los automóviles, al grito confuso de la gente, al movimiento de las calles. Experimenta en carne propia un brusco cambio, aunque sólo sucedió en su imaginación. Es el cambio que la civilización le brinda a Mariano Vega en lugar de la barbarie.