Misteriosa Suipacha

 

Como lo sugiere el título, el propósito de este relato es hacer de la lectura  una experiencia gratificante que gire alrededor de la recreación de lo leído y develando paso a paso lo ignoto.

El primer cementerio se estableció en el año 1875 en el  terreno cedido por Doña Rosario Suárez detrás del actual, a veinte cuadras de distancia del centro urbano y al suroeste de la plaza principal.

El segundo cementerio que tuvo la ciudad de Suipacha, levantado en las tierras donadas por el señor Federico Mones Ruiz  Ruiz –año 1896- cuando desempeñaba el cargo de Intendente, fue llamado “San Pedro” por el nombre  del primer sepultado Pedro Scapino. Este fue uno de los vecinos más antiguos desde la fundación del pueblo y también propietario del horno de ladrillos destinados a la construcción del templo católico entre los años 1889 a 1892. El objetivo parece claro, se resolvió un antiguo problema que preocupaba a las autoridades, la de asegurar el perímetro y construir el pórtico.

 Concluido el estudio de los planos y presupuestos, se adjudicó la obra a los maestros alarifes Ambrosio Gangale y  Fortunato Laborde, el primero había intervenido en la construcción de la Iglesia.

A la fecha de su habilitación oficial en el año 1899, esta zona era totalmente extra muros, no había más que quintas y chacras desparramadas; de uno y otro lado algunas talas, cina – cinas y montes bajos de duraznos.

Al ingresar subimos una escalinata de dos escalones de mármol blanco de carrara, trasponemos un portón de dos hojas de hierro forjado y nos introducimos en el peristilo sostenido por dos columnas rectangulares, con un piso de mosaicos calcáreos desgastados por el  tránsito. A la derecha del peristilo hay una capilla presidida por Jesucristo crucificado y a la izquierda la oficina de administración. Además se puede ver una campana de bronce con su copa invertida para anunciar que ha terminado el horario de visitas.

En el coronamiento del frontispicio hay una cruz potenzada, este es un cementerio laico y común aunque celebre el ritual funerario católico. En nuestro itinerario hemos encontrado lápidas corroídas por el moho, cruces de hierro oxidados, esculturas y ángeles de piedra, bóvedas familiares que presentan el nombre labrado en la fachada y placas de bronce en su frente con indicación de la identidad individual de los finados. Todo lo visto no deja de ser un fenómeno de arquitectura funeraria. Los nichos con galerías y veredas ubicados en el perímetro y en el nuevo anexo panteones de nichos de moderna concepción edilicia y el sector destinado para sepulturas con cruces blancas.

Los apellidos reunidos  conforman la memoria común de Suipacha, que en diferentes ámbitos hicieron grande a nuestro pueblo. En la lista  de vecinos que sigue hay personas que vivieron en Suipacha entre los siglos XIX y XX, que actuaron en episodios militares y que estuvieron vinculados con gobernantes. Como por ejemplo Santiago Alejandría, que fue el alcalde del Cuartel IX de la Villa de Mercedes, hoy Suipacha, entre los años 1863 a 1878, habiendo participado en la encarnizada batalla de Pavón en 1861 y en La Verde en 1874. Falleció en nuestra ciudad el 30/6/1923. Don Lucas Videla, oriundo de San Juan, que participó en la guerra contra el Paraguay -1865/70-, murió a las cien años de edad en 1934, sus restos fueron inhumados en el cementerio local. Por último, Doña Plácida Galván, escudera de la familia de Juan Manuel de Rosas, falleció a los 110 años de edad en Suipacha.

El actual Cementerio limita al frente con la actual  calle Balcarce y en  uno de sus laterales con el camino real  llamado hoy  Ruta Provincial Nº 43, tiene un orden interior, dos avenidas principales que se cruzan perpendicularmente  formando cuatro cuadrados de iguales dimensiones con senderos interiores. En la avenida principal hacia el fondo descubrimos el Osario, que  lleva siglos de adopción.

Al acceder desde la calle Balcarce por un camino de cintura pavimentado, a sus costados está arbolado con eucaliptus, pinos y distintas variedades de árboles de hojas perennes.

Mirando al pasado, se celebraba anualmente un rito que había alcanzado enorme popularidad hasta bien entrado el siglo XX, las cantinas que se abrían los días 1º y 2º de noviembre de cada año en el parque del cementerio. Es bueno refrescar la memoria, en el primer día cuando el sol quema se recibían simbólicamente a los muertos a las doce en punto y en el segundo  se honraban a los difuntos. Mientras que el cura párroco fundado en una antiquísima  tradición rogaba en las novenas por las almas sufridas del purgatorio.

Finalmente evocamos que en el anochecer del día de Navidad y de Año Nuevo, músicos locales ejecutaban serenatas en honor a los muertos. Y, también con motivo de la celebración del centenario de la creación del Partido de Suipacha, se publicara en el periódico del mismo nombre un soneto dedicado al “El Cementerio Viejo”, cuya autor es el extinto Dr. Antonio A. Baroni.

Un pedazo de historia familiar

Las primeras Hermanas Carmelitas de la Caridad llegaron a Suipacha en el año 1912 por invitación del Reverendo Padre Tomás  Dun Leavy (1903/1918), ellas fueron las monjas Concepción Figuerola y Dolores Mascaró que apenas arribadas al pueblo mantuvieron una entrevista con el Comisionado Municipal de Suipacha Don Arturo Chaumeil y el Cura Párroco. En esa oportunidad acordaron la instalación de la congregación religiosa en esta ciudad y la fundación de un colegio dedicado a la enseñanza a  nivel primario para niñas. Estas dos religiosas constituían la avanzada de las que posteriormente llegarían desde Barcelona en el año 1913. Se hospedaron en la casa de la Familia de Miguel Murray, ubicada en la actual calle Combate de San Lorenzo Nº 583 frente a la Iglesia, propiedad que perteneciera hasta hace hasta poco años al fallecido  Guillermo Alfredo Rionda. A  los fines de cumplir con lo resuelto se constituyó una comisión de damas presidida por doña Marcelina Suárez de Videla, parienta de la fundadora. Este inmueble aparecía en el plano catastral de 1899, a nombre del irlandés Pedro “Peter” Murray y Boyne, confeccionado por el agrimensor Teodoro Catalá.

En el frente se alza un escudo heráldico que deja ver sus formas. Opino que es un pedazo de historia de la familia con detalles muy personales. Ese escudo está materializado sobre mayólica ostentando los colores  azul y blanco del lirio (Lis), que representan la justicia, nobleza, dulzura y protección de la agricultura. Al mirarlo se observa en la parte superior un coronamiento de cinco pétalos erguidos y uniformes de la flor. A ambos lados dos leones rampantes alzados sobre sus patas con las manos abiertas y las garras tendidas en ademán de aferrar que significan vigilancia, seguridad, dominio y energía. Hacia arriba y en el medio se puede ver una flor de lis estilizada. El escudo se materializa por la forma geométrica, está cuartelado y  dibujado sobre un imaginario rectángulo con una cruz que lo divide en cuatro cuarteles, los de arriba algo mayor que los de abajo; en su centro hay un punto de intersección con una flor de lis y cortitas líneas horizontales que representan el oleaje. Adornan su campo como fondo,  pequeñas y azuladas flores de lis.  

Pensamos que el pasado nos abre el fascinante mundo de la heráldica. El ser humano busca su propia identidad, intenta reconocerse a sí mismo, ha llegado el momento en que  comienzan a enorgullecerse de su pasado.

Mitos y Leyendas

Leyendas y tradiciones, tierras y paisajes hablan un idioma inarticulado de misterio y de lirismo. El pasado de los hombres y el alma de los pueblos no se explican del todo si no se conocen sus temores. El que sigue es un típico relato policial de trama sugestiva (1).

Corría el año 1900, en Suipacha amparados en la oscuridad de la noche actuaban los vagos y mal entretenidos asustando y robando a la gente. La historia que les voy a contar comenzó en Mercedes, siguió en Suipacha y terminó en Chacabuco.

La ciudad de Mercedes en 1903 tenía como comisario de policía   a  don Luis Paniza,  maestro por vocación  y hombre  de mucho coraje. En ese tiempo un personaje llamado “La Viuda Negra” correteó sus calles asaltando a  vecinos. Su modus operandi era aparecer en las calles desoladas y disimulaba su silueta  contra los cercos de ligustrinas.

La policía lo esperó pacientemente muchas noches hasta bien entrada la madrugada sin éxito. Cierta noche de luna se vio a “La Viuda Negra”  cerca de un tapial derrumbado. El comisario Luis Paniza había urdido un  plan, se hacía acompañar con personal de civil y un policía vestido de mujer, éste actuaba como carnada.

Evidentemente algo falló. El facineroso al olfatear peligro, inició una veloz huida y detrás de él corría trastabillando el policía por su calzado femenino y el comisario que disparaba tiros al aire. A la vuelta de una esquina atravesó  un predio de altos pastizales, abandonando en su carrera parte  de sus ropas.

Después de varios procedimientos realizados en Luján, Mercedes y Suipacha, logran detener a un joven de un físico muy parecido y de igual tranco. Luego de  veinte días de detención lo liberan, pese a que recibió  palizas para que confesara, de ahí en adelante  se van espaciando sus apariciones.

Tiempo después del fallecimiento de Luis Paniza en el año 1907,  “La Viuda Negra” volvió  creando  temor en los barrios.

Se reanudan  las razias en los populares barrios  Del Sapo y El Tambor y se revisaron sus andanzas en Suipacha con resultados negativos.  Había varias versiones, la más creíble  sostenía que el delincuente  desafiaba a la policía en su propio terreno, por eso se llegó a sospechar de algún cómplice en la fuerza. Otra  que aparecía en Suipacha, porque Paniza había sido Inspector de calle  y había detenido una persona con una historia semejante.

El último hecho ocurrió en pleno centro de Suipacha, mientras que un  vecino  iba a visitar a su novia  se topó con el personaje espiando la casa, ahí nomás desfunda sus revolver 40/40 y le da la voz de alto.  Este personaje vestido de mujer  huye hacia las zanjas del ferrocarril  en dirección al  Puente de Piedras. Pese a la intensa búsqueda  con faroles y perros, su localización fue imposible.

Las autoridades estaban preocupadas, en la ciudad de Mercedes cerca del Matadero, se sospechaba que había cometido un homicidio en perjuicio de un trabajador de la carne. Varios meses después de lo sucedido en Suipacha, se denuncia un homicidio cometido en Chacabuco, en esta oportunidad la investigación minuciosa conduce a la detención de un individuo que denotaba tener un detalle distinto, que permite descubrir su identidad. Por eso se comienzan a atar cabos, sus constantes cambios de fisonomía  era la razón por la que ningún testigo lo había  reconocido. En sus declaraciones ante el juez reconoció ser el mismo que actuó en Suipacha y aterrorizó a los vecinos de Mercedes, cerrando su periplo con un nuevo homicidio.

Así, se fueron configurando en los pueblos bonaerenses numerosas historias de presencias extrañas  e inquietantes.

BIOBLIOGRFIA:

(1) El autor recogió sucesos de la primera década del novecientos del libro “Adivinas, Fantasmas y Cuchilleros” de Raúl Ortelli, editado en la ciudad de Mercedes (B) en el año 1958.