Noche encantada

Todo ocurrió en  la víspera de Epifanía. Es la celebración conocida como la “Noche de Reyes”, para los niños del mundo es mágica y misteriosa, los corazones infantiles palpitan aceleradamente. En sus cartas su imaginación vuela. Es el instante en que se combinan la inocencia y la fe.  

Es el más pequeño de los tres hermanos, está sentado en el patio de   una humilde casa.  Son muy pobres, les falta lo necesario para vivir. El padre corta la leña. La madre alimenta a los animales. Muy a lo lejos se oye el ladrido de un perro.

Los padres miran ansiosos el calendario. Hay un pedido del niño, al oírlo los embarga la tristeza. Los atormenta un pensamiento: ¿Cómo festejar el día de Reyes con tanta miseria? La madre no se resigna.

Para los niños habrá felicidad al abrirse los regalos, la alegría producida se reflejará en los rostros  y todos gritarán  ¡Han venido los reyes!

Los niños esperan emocionados que se cumplan sus sueños en esa noche encantada. Nuestro niño ha pedido  un caballito de madera. Colocará  sus zapatitos desgastados en el borde de la ventana. Le costará conciliar el sueño. Le ofrecerá agua y pasto. Llegarán  sin anunciarse. La ventana permanecerá entreabierta.

Aclara el nuevo día, unos pies desnudos  se deslizan sobre el piso de tierra,  llega al borde  de la ventana y el temor se apodera del pequeño. Una frustración agita su inocencia. Este año los reyes pasaron sin detenerse.

La madre lo contempla. Llora. Conmovida lo abraza, le da un beso en la frente. Por encima del obsequio, aflora su generosidad de afectos para dedicarle a su hijo un momento de amor. Se quedan callados. Transcurren los minutos.

Hay un claro oscuro en la historia, común a otros relatos, esa misma noche miles de niños del mundo no pondrán sus zapatos, deambularán por las calles de las grandes ciudades en busca de un pedazo de pan o de unas pocas monedas. Muy pocos le prestarán atención al drama.

Ese día, para algunos, la ilusión cederá su lugar al desencanto.