Proceso de formación y crecimiento de Suipacha

Proyectando llevar a la práctica el plan de avance de la frontera sur, el Virrey  Pedro Melo de Portugal dispuso el reconocimiento de la frontera y jalonar con varas clavadas en tierra,  sitios ideales para crear fuertes, confiándole la tarea al capitán Félix de Azara.

En el diario de informes de la comisión  de observación, se consignan novedades geográficas y astronómicas de los lugares recorridos y se señalan una serie de parajes, lomadas y arroyos, aconsejándose la fundación de pueblos en proximidades de los mismos, estimulándose el asentamiento de pobladores mediante el reparto de tierras en forma gratuita, para asegurar y consolidar el dominio de la pampa.

En la carta esférica de la frontera sur de Buenos Aires, tenida a la vista, correspondiente al reconocimiento realizado por Félix de Azara en el mes de julio del año 1796,  se indican lugares ligados a lo que más tarde sería el Partido de Suipacha, como”Cañada de las Saladas”,  “Laguna de los Leones” y  “Cañada del Durazno”.

El Cerrito del Durazno, de suave elevación, fue utilizado hasta fines del siglo XVIII, como  lugar  para el pastoreo del ganado de los indios y en tiempos de la colonia, se lo tomó como un punto de referencia y concentración de las caravanas que se atrevían internarse en el desierto y  durante el siglo XIX  fue paso obligado de las carretas que se dirigían al Partido de Chivilcoy y sitio de relevo de los postillones.

En los alrededores de esta lomada, que abarca parte del centro de Suipacha, se formaría el primer caserío, que tiempos más tarde daría origen al pueblo. Como se observa, no nacemos de un hecho de armas ni de una gesta heroica, somos como decía el profesor Arístides M. Testa Díaz “  una consecuencia más del proceso paulatino y constante de la expansión ciudadana hacia las tierras desconocidas y lejanas.”

Entre los años 1823 a 1833, se habían realizado algunos intentos por incorporar estas tierras a la nueva nación, como lo prueban las medidas adoptadas por el gobernador Martín Rodríguez en el año 1823 y luego don Juan Manuel de Rosas en 1833. El suelo que habitamos, considerado una llanura fértil y de abundantes pastos, se prestaba en aquel entonces para el desarrollo natural de la ganadería y era necesario sembrarlo de manera constante y ordenada, para lograr los alimentos y vestidos.

La experiencia nos enseña que la formación de los pueblos de la provincia de Buenos Aires, se fue dando al amparo de las fuerzas que las guarnecen, en nuestro caso específico, el Fuerte San José de la Frontera, situado en lo que es hoy la ciudad de Mercedes;  y de los alicientes ofrecidos a los futuros pobladores. Los labradores, una vez instalados en las fracciones de terrenos recibidas del gobierno, se daban de inmediato a la construcción de aposentos y a buscar agua, necesaria para la vida humana, animal y para el riego de sembrados y plantas.

Fue una época en que hubo que trasladar desde los centros urbanos – sobre todo de Buenos Aires – a los puntos elegidos, los materiales necesarios para llevar a cabo las actividades fundacionales de los pueblos. Para ello, se comenzó con la tarea de vencer los primeros obstáculos, que eran abrir caminos, construir puentes, agilizar los medios de transporte  y   acercar herramientas, víveres y manufacturas, asegurar el tránsito de tropas de carretas, debido a la inseguridad en los caminos, por el constante ataque de los montoneros e indios. Sin embargo, otro de los problemas fue que en aquella época, aún persistía el temor que inspiraba el desierto al hombre de la ciudad, lo que le hacía rechazar toda proposición de trabajo con buena paga, porque consideraba que su vida estaba en constante peligro, lo que hacía aún más difícil conseguir mano de obra especializada, como por ejemplo: ayudantes de agrimensura, telegrafistas, farmacéuticos, torneros, ebanistas, etc..

La tarea colonizadora y la creación de pueblos en la campaña al interior del Río Salado, fueron arduas y las condiciones de vida muy difíciles. Recordamos que el Partido de Suipacha, junto a Mercedes, San Andrés de Gilés, San Antonio de Areco, Chivilcoy y Navarro, eran – según Alberto Sarramone – localidades que se encontraban  más al norte que al sur del Río Salado.

Al comenzar aludimos al agua; cuando los primeros españoles se instalaron en la zona  enseñaron a construir los denominados “  pozos de balde “ de 1,50 metros de diámetro por 6,00 metros de hondo, calzado con adobe crudo y armado con brocal y pilares ajustados en barro, eran aptos para el riego de las huertas familiares. En las estancias, se abrieron pozos o zanjas, cavando hasta la primera napa, para sacar el agua para el ganado y conservar la proveniente de las lluvias para el riego de los sembrados y plantas. Con el tiempo se instalaron “norias” compuesta de un engranaje, recorrido por una palanca de la que tiran uno o más caballos y con un tambor que se colgaba de una maroma con baldes de barro o cuero para recoger el líquido. Se utilizaron otros métodos como mangas, bombas aspirantes e impelentes, accionadas manualmente o con motores a explosión. La finca, que fuera en 1839 de Toribio Freire, luego de Antonio Lombardo (1900) y en el siglo veinte, de la familia Bidart (1990), fue una fracción de campo cubierta de plantaciones de duraznos y  cerca de la casa principal, existen restos de los engranajes de una “noria” y de un abrevadero que aún  se conserva, reformado y revestido de ladrillos.

Los españoles  generalizaron el uso de los molinos de viento, tanto en el campo como en los pueblos, su característica rueda de paletas que gira por acción del viento, no es más que la aplicación de la fuerza del aire a la bomba aspirante. Es una de las máquinas más antiguas inventada por el hombre.

Hasta la llegada de los conquistadores, se empleaba para construir el barro y la paja, los indios levantaron pequeñas chozas de una sola habitación. A medida que avanza el proceso de colonización, en la edificación de viviendas se observa un predominio neto de las variedades y formas del estilo arquitectónico hispánico, con la participación de arquitectos procedentes de la península ibérica y la colaboración de albañiles criollos y operarios indígenas. Luego de la batalla de Caseros, se produce una apertura de los rigurosos códigos imperantes desde la Revolución de Mayo hasta la caída de Rosas, estilo que estuvo sujeto a un proceso cultural e histórico, vinculado con el pensamiento de la época. A partir del año 1880, oportunidad  en que arriban constructores y albañiles de la vieja Europa, se produce un florecimiento constructivo, que no solo denota influencias del estilo español e italiano, sino que se incorporan más variedades de formas, en consonancia con la apertura de las fronteras a otras nacionalidades, como es el caso del estilo francés.

Las primitivas casas de la región orientaban sus lados de NO al SO y NO al SE, para que les dieran más horas los rayos del sol y  atemperar la fuerza de los vientos. La distribución de sus habitaciones se hacía de acuerdo a las necesidades de la familia, el sentido de comodidad y del uso. La disposición consecutiva de las habitaciones, las convertían en células independientes, aunque se comunicaban con las otras por puertas interiores, atravesándolas se llegaba por una parte al baño, a la cocina y al gallinero y por la otra, hasta la sala de estar, bien amplia,  lugar donde los niños jugaban, se podía leer un libro, disfrutando de la tibieza de  los rayos del sol que penetraban por sus ventanas, fue archivo de la casa, refugio de los abuelos y sitio de recepción de las visitas. La cocina, alejada de las habitaciones, a causa del humo y del hollín que producía la leña al quemarse, fue el centro principal de las actividades del hogar. Los utensilios de cocina eran casi todos de cobre o de barro. Las casas  poseían un sótano que era refugio para aguantar la furia de los vientos y también se usaba para refrescar las bebidas en el verano. En el corredor se planchaba la ropa, se molía el maíz para hacer harina , se fabricaban las velas para el alumbrado y jabones de tocador. La casa estaba cerrada con una zanja cuadrada, ancha y profunda, en cuyos bordes interiores se elevaba una cortina de álamos. La descripción de la casa corresponde, con ligeras diferencias a casi todas de la provincia de Buenos Aires.

La vivienda de la zona rural  por excelencia fue el rancho, casa humilde, tradicionalmente construidos con techo de paja o junco, con una abertura para dar escape al humo,  delgados troncos de árboles con una horqueta en la parte superior, constituían la armazón, paredes de adobe, piso nivelado y apisonado. En los pueblos se levantaban alejados del resto de las viviendas, en sus patios las parras amortiguaban los efectos del calor. Tenían poco frente y mucho fondo, crecía por aditamentos parciales de habitaciones y se ampliaba en forma horizontal. Era habitado por el gaucho, su prenda y los hijos. La construcción de los corrales era muy  primitiva con estacas clavadas al suelo, cubriendo los espacios  con cueros de toros, asegurados con clavos o trozos de madera delgada y puntiaguda. Casi siempre, había un rústico horno esférico de ladrillos de barro, revocado, secado al sol,  asentado sobre una pequeña plataforma de escasa altura, donde se cocían el pan y los manjares de la cocina criolla.

Los medios de transporte,  con el que se trasladaban todos los materiales, máquinas, herramientas, maderas, etc., para llevar a cabo la construcción de los edificios, galpones y corrales, puentes, terraplenes, abrir caminos, abovedar calles, construir desagües, zanjas, desmalezadoras de yuyos, etc., eran lentos e inseguros.

La mayor dificultad con que tropezaron los pioneros, fue que los propietarios de las tropas de carros, no querían correr el riesgo de perder sus animales y carruajes, único capital de trabajo con que contaban, al internarse en las soledades, encontrando caminos con pozos y huellas profundas, y lo más grave aún, ser atacados por los salvajes o forajidos que se encontraban al margen de la ley. Otro temor que existía, era cuando ardían los pastizales de la llanura, que se propagaba rápidamente por los pajonales secos reduciendo a desechos los carruajes, que para algunos era el agotador empeño de años trabajo. Este aspecto, incrementaba los costos de los viajes hacia el interior de la provincia.

El caballo fue el medio de transporte habitual, de rápida inserción en cualquier terreno, para andar y llevar bultos. Otro medio ideal para largos recorridos, fueron las tradicionales carretas, que eran largas, estrechas, bajas, de dos ruedas y de una vara.

Para el acarreo  de materiales se prefería la chata descubierta, en la que se cargaban postes, vigas, tablas, chapas, ladrillos, tierra, y todo otro elemento necesario para construir las primeras casas. Eran tiradas por caballos vareros, el cadenero de refuerzo y el ladero. Se acostumbraba llevar una caballada de cuarteada, necesaria para cruzar arroyos, vados y lagunas. Eran de forma plana, con cuatro ruedas, las de adelante eran de menor diámetro que las de atrás. Tenían una lanza o vara. El carrero usaba un látigo largo de casi tres metros de longitud, se conducía desde el pescante, que era un asiento muy elevado. Por otra parte, en la campaña fue muy utilizado el carretón de dos ruedas y dos varas, tirado por bueyes con yugo y arnés para el transporte de granos, pasto seco,  cueros, sacas de sal, huesos, eran vehículos a tracción a sangre, de marcha lenta pero cómodos para el traslado de bultos de peso.

Fue necesario traer a la zona obreros, carpinteros, albañiles, torneros, herreros,  boticarios y peluqueros y de otras profesiones, para el desempeño de los diversos oficios y servicios que demandaba la formación de un pueblo. Estos oficiales y maestros, fabricaban sobre el terreno los ladrillos y preparaban las  maderas para hacer las puertas y ventanas y construían las rejas de hierro forjado para protección de la vivienda. Lo mismo ocurría con relación a los muebles para dormitorios y comedores, que eran elaborados manualmente, empleando técnicas y herramientas antiguas, a pesar de ello, conseguían la máxima belleza en sus acabados  que expresaban calidez. En el Censo Nacional de Comercios e Industrias del año 1883, llevado a cabo ocho años después de la fundación del pueblo, se empadronaron cuatro barberías a cargo de Antonio Loran,  Enrique Schaultz, Luis Bisconti, Ignacio Duro. Dos carpinterías de propiedad de los señores Angel Cámpora y Valerio Basabe. A fines de 1890 la carpintería de  Angel  Cámpora  se denominó” La Estrella” e incorpora un anexo para herrería. Contaban con un sólo corralón de maderas del señor  Eduardo Keng y un constructor mayor de obras, don Pascual Vitellini o Batellini. Dos fábricas de carros de Estanislao Urquijo y Fidel López. Un idóneo en farmacia, el boticario  Antonio Ardonio. Además se registran dos herreros, ellos son Juan Pablo Bianchi y Angel Cámpora. A Juan Pablo Bianchi se le atribuye haber ideado las primeras marcas para señalar la propiedad del ganado en Suipacha y es factible que el taller habría estado radicado sobre la  calle Balcarce en el tramo comprendido por las calles Rivadavia y San Martín, de la actual nomenclatura catastral.

En los primeros tiempos, se acostumbraba almacenar en grandes galpones, por varias semanas víveres, vino, almidón, jamón, galletas, chacinados, reservas de forrajes, etc. artículos imprescindible por cualquier imprevisto, inundaciones,  mal estado de los caminos,  lluvias, sequías, incendios o calamidades. Las vituallas eran provistas desde Buenos Aires y de otras ciudades alejadas.

En la época colonial, los españoles introdujeron importantes mejoras en el uso de herramientas agrícolas metálicas. Durante mucho tiempo se empleó el arado movido por la fuerza del animal, apto para la labor de la tierra abriendo surcos en ella. Uno de sus elementos característicos fue la mancera, que era una pieza curva que permitía dirigir el arado y apretar la reja contra la tierra. Las horquillas de madera, compuesta por una vara que terminaba  en tres puntas en un extremo, se  empleaban para levantar el pasto y separar la paja del trigo. Los morteros de madera, usado por las mujeres, para machacar las semillas. El escardillo, para entresacar cardos y otras hierbas nocivas nacidas entre el sembrado. Para segar el pasto a ras de tierra se empleaba la guadañadora,  que era un instrumento formado por una cuchilla larga y curva con mango que se sujetaba por dos manillas.

A partir del año 1880 se comienzan a ver en la campaña las primeras máquinas trilladoras, guadañadoras, rolos y rastras, cuya fabricación fue estimulada por Domingo F. Sarmiento desde el año 1870 y concretada  recién en la Provincia de Santa Fe en el año 1878. Las cosechadoras dieron un gran impulso a la actividad, porque cumplían doble función, eran al mismo tiempo segadora y trilladora.

La agricultura deja de ser explotada en forma doméstica, ya marcaba una  tendencia de crecimiento, por lo cual era preciso recurrir a la incorporación de nuevas hectáreas cultivables y eventualmente incursionar en variantes no exploradas.

Se le da mayor importancia al mejoramiento de la genética animal, a través del mestizaje del ganado bovino con la introducción de ejemplares para el cruzamiento con las razas Shorthorn – de doble propósito – y Aberdeen  Angus. Bien entrado el siglo XX, se incorpora en los rodeos la raza Holstein, que da origen al Holando Argentino, que se adaptó a las condiciones del lugar, mejorando la producción y calidad de la leche.

Los carpinteros de antaño cortaban sus troncos con sierras de hoja de acero dentada, dividían las maderas para fabricar tirantes, puertas y ventanas. Al albañil no le faltaba el aparejo, para construir cuadras y caballerizas. A simple cuchara y con adobe, los alarifes construyeron los primeros edificios.   

En las etapas fundacionales, no podía estar ausente el boticario, al que los vecinos concurrían a solicitarle la preparación de las medicinas, a pedirle indicaciones para calmar sus males o atender la curación de una herida. Los barberos, no solo afeitaban y cortaban el pelo, llegaron hasta extraer muelas, hacer masajes y ofrecer baños a los viajeros..

En fin, los pueblos como el nuestro, se construyeron gracias a la iniciativa de los vecinos. Lo prueban los esposos Rosario Suárez Cruz y Basilio Labat, que donaron tierras para construir el templo y los edificios de gobierno, policía y justicia. Con anterioridad, mediante colecta pública, entre vecinos y hacendados, se había construido la Iglesia. En el hall de entrada de la Municipalidad de Suipacha hay una placa de mármol conmemorativa de la fundación del pueblo, en la que la fecha original se nota borrada, tema que en épocas pretéritas fue motivo de dudas y discusiones, diferencia que es zanjada por un Dictamen de la Asesoría General de Gobierno del año 1975, que reconoce como fecha cierta el 24-10-1875, día en que se firma la escritura de aceptación de la donación correspondiente a  los terrenos contiguos a la residencia de la fundadora. Estas iniciativas, a partir del año 1860 son acompañadas por inversiones privadas,  considerándose  que había llegado el momento propicio, porque finalizaron las luchas civiles, que dejaron como secuela desocupación, hambre y enfermedades. Estos conflictos consumieron las reservas de la provincia y destruyeron lo poco que se había logrado durante el período colonial.

Como corolario de esta mirada sobre nuestro pasado, reflexionemos en que no todo fue triunfo y fortuna para los primeros pobladores.

Fueron épocas arduas y difíciles para muchas familias que fueron dejando su vida entre luchas y soledades para que los que los sucedieran pudieran recibir un buen lugar  para afincarse y hacer su vida.

 

Bibliografía consultada:

 

Radiografía de la Pampa – Ezequiel Martínez Estrada – Ediciones HYSPAMERICA – AÑO 1986.

Historia de la Cultura Argentina – José Luis C. Ibáñez – EL ATENEO – 1992.

Censo Nacional de Comercios y de Industrias del año 1883 – Archivo General de la Nación.

Informe elevado al Dr. Adolfo Alsina  por la Comisión Auxiliadora de las Obras en la Frontera – Lucha de Fronteras Contra el Indio – EUDEBA – l977