Suipacha, aspectos geográficos, hidrografía, flora y fauna

Cuando llegaron los primeros exploradores al área geográfica donde se inserta el actual Partido de Suipacha y observaron a su alrededor tanta belleza de la prodigiosa naturaleza, más de uno de ellos se deben haber inspirado poniendo a sus comentarios el acento de poeta, al describir el paisaje contemplado en el paraje, hoy totalmente transformado.

Al examinar el mapa físico de nuestro Partido, ubicado al norte de la provincia de Buenos Aires, con una superficie de 943,87 km2, el suelo es fértil, apto para el desarrollo de las actividades agropecuarias, dentro del tipo de llanura pampeana, clima templado, con vientos fríos y secos del oeste, templados y fuertes del sur y cálidos del norte que soplan la gran parte del año, con un promedio anual de lluvias de 800 a 950 milímetros. Se divisan unos pocos arroyos de cursos cortos que al juntarse con el senil arroyo Los Leones, descargan sus aguas en la Cuenca del Río Luján. Las Saladas, serie de lagunas unidas entre sí, el otro accidente hidrográfico que les sigue en importancia, drena sus aguas en el sistema hídrico del Río Salado. Carecen de importancia por su riqueza ictiofauna. Sobre dichos arroyos y lagunas se han tendidos importantes puentes que agilizan el traslado de la producción agropecuaria. Las Saladas son atravesadas por un puente ferroviario que nos une con Chivilcoy. A mediados del Siglo XX era una postal los fines de semana ver a numerosos aficionados que se estacionaban a los borde de los arroyos y lagunas para dedicarse a la pesca.

El territorio se caracteriza por ser una llanura ondulada sin variaciones topográficas, con excepción de los cauces superficiales de agua, lomadas de reducida altura con suaves pendientes y extensión areal limitadas. En el corazón de Suipacha, se aprecia a simple vista en sus calles, una elevación con moderada cuestas, resabios del que fuera “Cerrito del Durazno”.

Hagamos un ejercicio de imaginación, retrocedamos en el tiempo, los altos pajonales hacían que un hombre de a pie perdiera su sentido de orientación, mientras que las cabalgaduras desaparecían de la visión, lo que contribuía a retrasar el ritmo de las marchas.

En el siglo XVIII, las tierras tenían escaso valor, eran campos desiertos, sin cultivarse y limitaban con la zona peligrosa habitada por los indios, el precio de legua en la Guardia de Luján en el año 1600 era equivalente al precio de un traje rústico, en cambio, en el año 1700, una legua y media se cotizaba en 250 pesos plata. A diferencia de otras zonas de la provincia de Buenos Aires, las napas de agua dulce se encontraban a escasa profundidad. El escritor José Hernández denomina en su obra cumbre, a la región, como franja intermedia entre la civilización y la barbarie, por cuanto el territorio permanecía aún ocupado por los indios de la nación Pampa.

Extraemos algunas líneas de las crónicas de Pastor Obligado, que el 4 de octubre de 1778, integraba la expedición dirigida por Manuel Pinazo, en busca de la ansiada sal en los campos del sur de la provincia, relataba que: “ Se detuvo a dormir en el paraje El Durazno, distante a cinco leguas al oeste de la frontera con el Fortín Mercedes, ocasión en que describe al arroyo del Durazno, como una laguna mediana.”

Por encargo del Cabildo de la ciudad de Buenos Aires, durante la primavera del año 1810 se efectuó un relevamiento del terreno hasta las Salinas Grandes de Hidalgo (Dpto. de Atreucó – Macachín – La Pampa), oportunidad en que quedaban anotados en los partes diarios las novedades del día, a saber: “Lunes 22 de octubre de 1810 – Paraje nombrado el Durazno”: dice “El terreno que media desde la Guardia de Luján hasta este punto es de poco más de tres leguas, es feracísimo, firme y de excelentes pastos para el ganado y de escasas aguadas”.

“Martes 23 de octubre de 1810 – Paraje Las Saladas” dice: “Llegamos al paraje Las Saladas, sobre una cañada, que según su profundidad, cauce y desague extenso manifiesta recibir muchas aguas en tiempos de lluvias. El terreno, comparándolo con los anteriores, mejora su feracidad y firmeza de piso, con excelentes pastos “.

De las memorias del francés Narciso Parchappe, recogemos:” Las Pampas – 8 de enero de 1828” dice: “Son tierras de labor muy buenas, como todas las lomas de la provincia, cuya naturaleza, menos compacta y arcillosa las hace más favorables a la agricultura que el suelo duro de las pampas.”

En el diario de campaña del Ejército Grande, Don Domingo Faustino Sarmiento dejó asentado de puño y letra, cuando venía desde el bañado Las Saladas en dirección al Arroyo Los Leones, en enero del año 1852 que: “El panorama de la llanura se animaba cada vez más por la frecuencia de chacras con árboles. Se agrandaban los campos sembrados, veíamos con inmenso placer los trigales listos para la cosecha, se regodeaba con la enorme cantidad de plantas de toda índole, contemplába con deleite las plantas frutales.”

Las distintas crónicas transcriptas en los párrafos anteriores, dan cuenta de la fertilidad de suelo y de la existencia de un clima favorable que ha dado origen a una agricultura progresista.

También de los citados comentarios, se desprende el predominio de pastos naturales tiernos y de aguadas a donde se podía llevar el ganado a beber y alimentarse, adelantando la opinión de que este suelo sería apto para las actividades agrícolas ganaderas.

La cuenca del Río Luján se desarrolla íntegramente dentro de la provincia de Buenos Aires y comprende la zona templada del país. Nace a los 59° 37´ de longitud oeste y 34° 43´ de latitud sur, en la confluencia de los arroyos del Durazno y el Cardoso con los Leones, su longitud aproximada es de 128 kilómetros desde su naciente a la desembocadura y tiene una dirección sudoeste – noroeste.

Los arroyos relevantes son Los Leones, el Durazno y el Cardoso, únicos cauces superficiales de corrientes calmas que surcan el Partido, fluyen por una zona llana y de muy débil pendiente. Al Sud Oeste la laguna “ Las Saladas”, límite natural con el Partido de Chivilcoy – a la altura de los cuarteles X, XI y parte del II – , con agua salobre, enclavada en una zona chata, con pequeños bañados, recibe aguas en tiempos de lluvia y drena en el Río Salado. El curso del arroyo del Durazno atraviesa la parte noroeste de la ciudad, nace en el cuartel XIII y tributa junto con el arroyo Cardoso en el arroyo Los Leones. Su recorrido tiene la forma de un arco con punta hacia el oeste y es receptor pluvial de los desagues del pueblo. Los primeros blancos que recorrieron sus orillas encontraron abundancia de duraznillo de fruto seco y flores blancas o róseas. Nos atrevemos a aseverar que el nombre del arroyo que cruza el camino – por calle Balcarce – que conduce al cementerio local esta íntimamente relacionado con esta hierba y no con las plantaciones de duraznos de la antigua finca de Toribio Freire, que aún conserva parte de los restos de la edificación.

Los Leones nacen al N.O del Partido de Suipacha cercano al límite con Carmen de Areco, de cauce bien marcado, es un río de llanura senil, en el deslinde de los cuarteles VII y VIII de Suipacha, dan origen al Río Luján. La capa freática acumulada en el subsuelo alimenta la corriente de agua. Hace más de treinta años, que se gestó la hermosa idea de crear a sus orillas el Parque y Balneario Los Leones para recreo, en una fracción de terreno con frente a la fracción de campo del señor Ricardo Vadell – arroyo por medio -, está cercado y arbolado, donde se puede disfrutar de la pesca y pasarse un recreo agradable en compañía de la familia.

Su nombre proviene – según nuestra opinión – de la confusión que tuvieron los españoles al reconocer el suelo y fauna del lugar, confundiendo al tigre de las pajas o gato de las pajas, similar al puma, de piel manchada, de color rubio oscuro con los leones que ellos conocían en Europa. El topónimo hace alusión al color blanco sucio – con barro – de las aguas que escurrían en aquel entonces. Completa la hidrografía el Arroyo Los Ranchos al N.E. del Partido, en el Cuartel VIII próximo al deslinde con el Partido de Mercedes. Al S.E. en el Cuartel X atraviesan campos de la Asociación Irlandesa y de Enrique Santiago Gilardi, la Cañada de las Saladas con comunicación directa con la Laguna Juncal. El resto son charcos por la zona de Román Báez originados por agua de lluvia detenida en zonas deprimidas del piso.

Es de imaginar que en centurias transcurridas, el lugar exhibía una flora y fauna muy rica en especies y variedades, que habitaron el sitio a lo largo de su evolución.

La utilización intensiva del suelo en toda la provincia produjo cambios notables al reemplazar especies de vegetales autóctonos y de fauna vernácula.

Así lo vemos reflejado en escritos, por ejemplo de R.. J. Payro (autor de Ruinas, Pago Chico, etc.) cuando se refiere al chingolo, pájaro de canto agradable y melancólico: “Ni siquiera han advertido que los gorriones extranjeros han ahuyentado al chingolo criollo.” Al leer el autor el trabajo titulado “Canto del Mañana” (Isla Verde – Córdoba), encontramos expresiones aplicables al suelo del Partido de Suipacha : “ Las plantas cultivadas y las malezas han reemplazado en máxima parte a la vegetación prístina.” Por nuestra parte, sostenmos que se han producido otros cambios: “ Los rebaños del ganado caballar, vacuno y lanar han influido en la desaparición de los ñandúes y manadas de perros salvajes.”

Con certeza el junco, el esparto, la totora y la cortadera se criaban en cañadones, en bañados y en otros sitios húmedos de la región. La totora fue utilizada por nuestros gauchos para la construcción de techos, cobertizos y ranchos. La cortadera aún hoy se utiliza como adornos, por sus penachos blancos. Con el esparto, se hacían escobillas para limpiar las caballerías. Estas especies vegetales originarias que constituyen el entorno del hábitat, sirvieron para denominar a sitios, arroyos y bañados. La planta frutal predominante de aquella época fue el durazno, introducido por los españoles, su fruto era muy apreciado por el sabor de su pulpa, debido a los vientos fríos que van del oeste hacia el sur; fue destinado como postre para las grandes solemnidades. Era común ver plantaciones – allá por el año 1800 – en las estancias, porque proveía de leña para la calefacción y servía para fabricar postes para sostén de las cercas. Durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, por decreto del 16 de septiembre de 1840, se confiscaron bienes al vecino Felipe Barrancos, entre ellos, se mencionaban 100 palos de durazno para empalizadas y 49 postes de ñandubay para vallados, entre otros bienes incautados.

En un tiempo muy distante los mamíferos carniceros merodeaban los arroyos y lagunas en busca de sus presas, el avance de las fronteras, la ocupación blanca y la persecución de que eran objeto, los hicieron huir hacia otros lugares.

A mediados del siglo XIX, en las granjas de la zona se criaba el gran pato almizclado, poseedor de una sustancia odorífera utilizada en medicina, con el ganso blanco y el ñandú.

Los cauces de agua albergaban especies acuáticas como bagres, tarariras, mojarritas, anguilas de cuerpo largo cilíndrico, sardinas, batracios, dientudos, viejas y reptiles. En sus orillas crecían la totoras y espesos juncos que fueron el hábitat ideal para patos silvestres, gallaretas, cigüeñas, peludos, nutrias y garzas, . En los pastizales y escondrijos naturales moraba el lagarto, el armadillo o mulita, zorrinos, cuises, ratas, y liebres, ésta últimas posee una carne muy apreciada por el hombre de campo. En los pajonales y sembrados a campo abierto, sin cercas, armaban sus nidos las perdices. El chajá conocido en la jerga popular como el “guardián del campo” salvó a más de un desprevenido viajero de un peligro eminente, se caracteriza por un grito fuerte que anuncia presencias extrañas. Otras aves que aún se pueden apreciar: chimangos, aguilucho colorado, gorriones, torcazas, monteras, calandrias, urracas, benteveos, horneros, etc.

El clima de esta región es sub-húmedo templado con precipitaciones de 950 mm. anuales con una temperatura media anual de l5 ° C.. Veranos suaves e inviernos benignos. Los vientos no constituyen un problema para los sembrados, son predominantes del sudoeste. Continuando con el clima diremos que desde 1826 hasta 1830 reinó una gran sequía en la provincia de Buenos Aires; en el mes de enero de 1828, el ardor del sol se hacía insoportable en esta zona” relataba el observador Carlos A. Grau. Entre otros fenómenos climáticos que serán analizados más adelante, se pueden citar: “dos acontecimientos que infundieron gran temor a los pobladores fue la Gran Polvareda del 11 de enero de 1893, que surgió a las tres de la tarde desde el sudoeste seguido de ráfagas arrolladoras de viento y lluvia de cataplasma de barro.” y otra, de ese mismo año, fue que “asoló a Suipacha un Ciclón con secuela de daños y dolores”.

De boca de algunos ancianos memoriosos que se ha transmitido de generación en generación, las grandes lluvias que se sucedieron entre el 1° al 8 de marzo del año 1900, marcaron en el pluviómetro 700 m m. Las vertientes manaban a flor de suelo, el bajo existente entre las Quintas y el Pueblo, conocido como la Cañada, se había convertido en un verdadero mar. En el año 1913 recién se había inaugurado el ferrocarril a Bayauca, que pasa por la actual estación de Román Báez, las intensas lluvias caídas debilitaron el terraplén, originando perforaciones de importancia, en una sola noche llovió 300 mm. Entre los días 22 y 23 de junio de 19l8, ocurrió un fenómeno metereológico, que según la tradición oral fueron días muy detestables, de duro invierno de estepa, mucho frío producido por un viento helado del sudoeste. Cuatro años más tarde, a mediados de agosto del año 1922 se repite nuevamente el fenómeno, en donde tuvo lugar una pertinaz agua nieve que cubría de un manto blanco el paisaje lugareño. Estos fenómenos están muy bien reflejados en el Periódico Nueva Tribuna, por su cronista, el señor Don Sigfrido Rosli, antiguo vecino de la comarca.

Si bien no hay especies de vegetales autóctonas de Suipacha, sí las hay de regiones vecinas, como cina-cinas, sauce criollo, espinillo, gramíneas, trébol y cebadilla criolla. Con relación a las especies arbóreas implantadas en el área, reconocemos los eucaliptos, fresnos americanos, sauces, casuarina, ciprés, paraísos, plátanos, acacias, palmeras y álamos.

Hacer una descripción completa de las especies animales y vegetales que habitaron y crecieron en nuestro paraje, es tarea exclusiva de los investigadores fito-zoogeográficos, encargados de analizar la distribución de la flora y fauna.

Los cultivos predominantes a fines del 1800 fueron el trigo, maíz , lino y avena. En el período que corre de 1860 a 1890 se criaba el ganado lanar – como actividad principal – y en la etapa comprendida entre los años 1890 a 1928, se produce el giro productivo, aparte de la siembra de maíz, trigo y lino, se inician las actividades de crías, recrías e invernada del ganado vacuno desplazando al ganado ovino. En los comienzos del 1900 la explotación lechera se intensifica y junto a la cerealera constituirán la futura actividad agroindustrial del Partido de Suipacha.

Añoramos los viejos programas de forestación aplicados en la provincia para preservar de los fuertes vientos a las incipientes poblaciones que iban naciendo en la pampa bonaerense, por esta razón, debemos evitar la tala indiscriminada y clandestina de montes añosos de arboles que cumplen con su papel de cubierta protectora. La voluntad del autor es ofrecerles un acopio de información sintetizada, confiando que será útil al propósito fijado: despertar curiosidad y descubrir a Suipacha.

BIBLIOGRAFIA:

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Relieve, hidrografía, clima, flora y fauna: Características del Sistema Regional- UNLP- Programa de apoyo a los Municipios. (La Plata) – Municipalidad de Mercedes: Aspectos Geográficos – Municipalidad de Luján: Flora y Fauna – Municipalidad de Suipacha : Plan Estratégico. Dirección de Asuntos Municipales – M. de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires. La Plata – Año 2001.

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Apuntes para la Historia del Partido y Ciudad de Suipacha- Arístides M. Testa Díaz- Ediciones Theoría- Biblioteca de Estudios Históricos-Estudios Gráficos La Huella – Buenos Aires – Septiembre de 1974