Vencer el temor a la muerte para alcanzar la vida

Hay quienes van por la vida sin demasiados cuestionamientos, viven sin hacerse preguntas. Quizás influya el temperamento, la forma de ver las cosas, no sé.

Lo que sí sé es que hace bastante tiempo conocí a un anciano con el que inicié una buena amistad y al que me referiré porque a través de él, inquietudes existenciales empezaron a tener algunas respuestas – parciales, eso sí – porque nada es definitorio.

En una de sus tardes de reflexión al margen de las filosofías, examina con atención que en el día de su Juicio Final estará completamente solo para saldar sus deudas con el Supremo Creador del Universo, entonces se atemoriza porque deberá disputar la duración de su vida y en el día que deba mudarse a la otra casa se producirá la cesación definitiva de sus pensamientos y siendo una persona encerrada en el egoísmo del lucro y aferrada a las riquezas materiales deberá dejarlas en el mañana para otro. Mientras razona, compara la duración de la vida con una marcha sobre una distancia difícil de calcular, cuya ùltima etapa es la muerte. Asombrado, se da cuenta de que su futura vida eterna dependerá de que su nombre esté incorporado a la memoria de la computadora de Dios para ser acreedor de tal honroso beneficio.

Su preocupación se fundamenta en sus creencias movidas por el afán de salvación y en su ciego convencimiento de que el Alma sale del cuerpo al que está unida accidentalmente como el piloto a la nave en busca de su inmortalidad; momento en que todos los humanos devuelven el alma a quien nos la dio. Dios le dio la muerte por Destino y sólo él tiene la clave de acceso.

Adopta una postura de lo más ceremoniosa, con el busto erguido contra el respaldo de la silla y con fría solemnidad, el hombre se pregunta si podrá alcanzar la vida eterna. Por supuesto la contestación no es fácil. Acepta que la vida es capaz de ofrecer una sonrisa y una caricia que compensa cualquier dolor

Elevando los ojos al cielo no puede dejar de reconocer sin exaltación las limitaciones humanas, que la vida está vinculada con el tiempo, ésta hace florecer la juventud y el amor; sólo la muerte lo separará de lo que ama. La doctora Elisabeth Kübler-Ross (4) en su libro La Muerte: un Amanecer nos cuenta que se trata del pasaje a un nuevo estado de conciencia en el que se continúa existiendo y en el que el espíritu tiene la posibilidad de seguir creciendo.

A todo esto, se ata a un especial sentimiento religioso. Su vida cambia. Cada día que pasa se convierte para él en una aproximación al reencuentro con sus seres queridos, se acerca el fin de la marcha y cada día se despide con regocijo con la loca fantasía de juntarse con quien ama en el ansiado punto supraceleste de reunión. En este sentido, cada año que culmina la vida de una serie de personas y simultáneamente comienza una nueva vida en otros, el niño que nace es un continuador de esos que se fueron. Si el Universo tiene un fin, ese fin es la Vida y ese don de la perpetuación de la perpetuación de los seres humanos le fue confiada por Dios a la Mujer.

“En cada niño recién nacido converge una larga sucesión de antepasados; es la culminación de un proceso milenario. Si uno solo de esos antepasados hubiera faltado, no estaría aquí este recién nacido: todos y cada uno han sido necesarios para él”.(1)

Por eso el protagonista, es un hombre que se ocupa de su alma con atención y desea conocer qué conducta debe observar para cumplir con su papel asignado en la tierra, pues de ello emana la pena o la recompensa. Después de haber analizado si ha sumado un poco de bien al mundo, si ha sostenido la vida con actos de amor y si es digno de su Dios, de sus amigos y de sus hijos para merecer el premio de “ir al cielo” se encuentra con un epílogo de esta historia que lo sacude en lo más hondo de su misticismo en una pretendida comunicación directa entre el alma y su creador: “La vida no tiene miedo de alejarse de su cuerpo”. “La muerte elige el escenario del desenlace”. “La vida es un sueño de cambios vertiginosos”.

Ciertamente la muerte es un acto de la vida irreversible. Al abandonar nuestro cuerpo físico nos encontramos en una existencia en la que no hay tiempo ni espacio y podemos desplazarnos instantáneamente donde queramos. Por esta razón se debe dar importancia a la manera que tratamos nuestras vidas en la tierra y al llegar a la vejez reemplazar cada una de las cosas a que renunciamos por otras nuevas para ir adaptándonos al presente. Tal como decía el filósofo Rickert hay que mirar los ojos de la vida, pero también mirar los ojos de la muerte. Se debe vivir la ancianidad en plenitud para estar preparado para el momento final. La renuncia de algunos placeres y de cosas que se poseen debe significar la conquista de actos creadores de nuevas conductas. Vivir no es solo producción y fabricación, es también pensamiento y felicidad. Como caso típico eso nuevo puede ser gozar de la mùsica, el arte y la literatura que son fuentes de alegría y armonía. A medida que busca explicaciones no encontrará teólogos ni científicos que puedan darle una contestación categórica a esta pregunta que revela dimensiones transcendentales de la existencia misma. ¿Qué somos? ¿Por qué existimos? En definitiva son un verdadero juicio de valor con carácter subjetivo.

Sin embargo mi amigo descubre que por más que activemos nuestro conocimiento, la curiosidad y la razón, es muy difícil brindar una respuesta satisfactoria sobre la muerte. “Se convence de que existe cierto espíritu manifiesto en las leyes del universo, inmensamente superior al del hombre” (2). Su imaginación se agota ante la muerte.

Y concluye que lo que en realidad importa es vivir, porque vivir es existir en plenitud, es saber qué somos y serlo totalmente (3).

Al fin y al cabo nuestro “Anciano” comprende que la muerte es un resumen apretado de la vida, el Capítulo ¿Final?

BIBLIOGRAFIA:

(1)Pensamiento de Juan de Dios Vial Correa en torno a los problemas éticos en Ciencia e Investigación. Vol. 9, Nº 9, Pontificia Universidad Católica de Chile. (ARS Médica) –

(2)Paginas Nº 1 al 6.¿Los científicos rezan? Doctor Alberto EINSTEIN – Físico – De Phyllis, Nueva York – l9/01/1936 – Reproducido en VIVA la revista de Clarín – 2003.

(3)Hacia un Humanismo Cristiano –O. Cuadro Moreno y Andrés Dossin – Ed. Paulinas. Enero 1966. Primera Parte: páginas 11 al 15.

(4) LA Muerte: Un amanecer – Elisabeth Kübler-Ross- Ediciones Luciérnaga –Barcelona-Dic.2004